Ecuador presume un aparente éxito empresarial: en 26 años, las empresas registradas crecieron un 391%. Sin embargo, tras esta expansión se esconde una paradoja alarmante: el 50,2% del tejido empresarial sufre fragilidad financiera, según el estudio de Fernando Negrete.

Esta vulnerabilidad es crónica. Nunca bajó del 40,5%, ni siquiera en la bonanza petrolera (2007-2014). La razón principal: el crecimiento obedece a la necesidad, no a oportunidades. El autoempleo reemplaza al empleo formal, generando negocios débiles. Sectores como minería (68,1%) y construcción (57,9%) son los más frágiles; transporte y salud, los menos. Las empresas que quiebran muestran señales hasta cinco años antes: no son muertes súbitas, sino largas agonías. Negrete advierte que el problema es estructural.
Factores externos como el petróleo explican poco; existe una fragilidad basal del 47% que persiste pese a los ciclos. El remedio no es más crédito coyuntural, sino una transformación productiva y exportadora. La economía, concentrada en sectores de baja complejidad, sufre ‘shocks’ que tardan 2,6 años en reducirse a la mitad; de hecho, el tejido empresarial aún no se recupera del todo de la pandemia.




