
Además de envolver en secretismo su programa atómico, el régimen de Corea del Norte ha ocultado los efectos de sus pruebas nucleares sobre la salud ciudadana según dos norcoreanas que denuncian en una entrevista con EFE cómo sus vidas quedaron trágicamente marcadas por estas operaciones encubiertas.
El destino de Lee Myung-ok, norcoreana llegada al Sur en 2015, quedó vinculado hace tiempo a Punggye-ri, una aldea en el corazón de Kilju, condado en el montañoso del noreste del país donde creció y vivió hasta hace poco más de una década. Lee, de 62 años, recuerda que en Kilju la gente “solía explorar el monte en busca de hongos de pino o ir al arroyo Namdae a pescar truchas”.
Pese a lo remoto, Kilju es un nudo logístico que está en la línea de tren que une Pionyang y el único cruce fronterizo con Rusia y que tiene otra conexión férrea hasta Hyesan, importante núcleo comercial en la frontera con China. Esto, unido a las características geológicas de las montañas circundantes, seguramente pesó a la hora de designar Punggye-ri como el lugar donde el régimen, para desgracia de sus residentes, probaría en seis ocasiones sus bombas atómicas, las primeras de ellas en 2006 y 2009.



