LOS BALNEARIOS DE LA GUAIRA, UN DESIERTO ECONÓMICO TRAS TERREMOTOS EN VENEZUELA

“¿Dónde voy a sacar dinero?”, se lamenta Faisuris Álvarez ante la costa desierta de La Guaira, epicentro de los terremotos que dejaron más de 4.000 muertos en Venezuela. El bullicio playero se apagó de golpe. Las playas de este estado, a 40 minutos de Caracas, eran las favoritas de familias y turistas. Los fines de semana, la costa caribeña rebosaba vida. Pero el doble sismo del 24 de junio —magnitud 7,2 y 7,5 — borró esa postal y dejó escombros y albergues improvisados. En playa Escondida reina la desolación: quioscos cerrados, sombrillas solas.

Faisuris, vendedora de pescado frito, ya no oculta la angustia. “¿Qué voy a hacer? ¿Dónde voy a trabajar?”, repite. Cuando le aseguran que en un año volverán los bañistas, responde: “¡¿Cómo vivir un año sin hacer nada?!”. Su negocio es el único sustento de más de 70 familias. “El que vende pepitona, huevo sancochado, mango verde con sal, la oblea, el helado… ¿Qué va a ser de esas personas?”, clama esta mujer de 39 años. La mayoría de los negocios están cerrados o en ruinas, igual que decenas de edificios. La ONU estima pérdidas materiales cercanas a 37.000 millones de dólares. El economista Asdrúbal Oliveros advierte sobre efectos indirectos en comercio, empleo y consumo.

La tragedia desató saqueos. Luis Baena perdió toda la mercancía de su almacén “Bilight” y grabó cómo se llevaban más de seis contenedores de productos. Luego, un incendio redujo a cenizas 11 años de esfuerzo del que dependen otras 60 familias. “El trabajo de tantas personas que dependemos de acá está comprometido”, dice conmovido. Su legado familiar —100 años en La Guaira— pende de un hilo. “Duro, es fuerte”, murmura ante los fierros retorcidos. Pese a todo, en Maiquetía surgen brotes de reactivación. Anabel Delgado, peluquera de 56 años, espera clientes y reflexiona: “Si Dios nos dejó, es para consolar y seguir luchando”. Enio Fernández, dueño de un pequeño abasto, confía: “Todo se va a enrumbar”.

Oliveros matiza: la reconstrucción puede ser motor si hay recursos, instituciones sólidas y reglas para atraer inversión. Las calles se vacían sin los rescatistas extranjeros ni los bañistas. Muchos locales planean partir por la economía hundida y el trauma. Aun así, Baena se convence: “Esta población va a luchar por La Guaira. Juntos hacemos que esto sea vivible”.

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