
Mientras el número de víctimas del terremoto en Venezuela continúa aumentando, migrantes que residen en Manta viven horas de incertidumbre.
Cada llamada demoraba una eternidad. Durante varios minutos, María Chávez no pudo comunicarse con su familia en Caracas después del terremoto que sacudió el norte de Venezuela el pasado 24 de junio. Desde Manta, donde vive desde hace siete años, solo podía esperar que alguien contestara el teléfono. «Ese día viví momentos angustiosos.
Al principio las llamadas no salían y después, gracias a Dios, pude saber que estaban bien”, recuerda. Su familia vive en sectores populares de la capital venezolana, donde predominan viviendas de una y dos plantas. Aunque varias casas sufrieron daños estructurales, ninguno de sus familiares resultó herido. Sin embargo, la incertidumbre no terminó allí. Durante varias horas desconocieron el paradero de una sobrina de su esposo.
«Nos dijeron que estaba desaparecida. No sabíamos si estaba debajo de algún edificio o en algún hospital. Ayer nos avisaron que apareció, estaba bien. Lo importante es que está viva”, cuenta. La historia de María se repite entre cientos de venezolanos que residen en Manta y que viven la tragedia desde la distancia. El doble terremoto registrado el 24 de junio provocó una de las mayores emergencias de la historia reciente del país.
El balance oficial reporta al menos 2.229 fallecidos, 10.571 heridos y cientos de edificios colapsados o gravemente afectados, principalmente en La Guaira, Caracas y otras ciudades del centro norte venezolano. Las labores de búsqueda continúan, mientras miles de personas permanecen en refugios temporales y numerosas familias siguen intentando localizar a sus seres queridos. María recuerda que el mayor desastre natural que había vivido Venezuela fue la Tragedia de Vargas de 1999, cuando lluvias torrenciales provocaron deslaves que arrasaron poblaciones enteras del litoral central y dejaron decenas de miles de damnificados.
«Eso había sido lo peor que había visto, pero nunca un terremoto que destruyera tantas edificaciones”, comenta. Para ella, las imágenes que recibe desde Venezuela son difíciles de procesar. Aunque reconoce que su familia está a salvo, asegura que muchas personas cercanas perdieron sus viviendas y todavía esperan noticias de amigos y vecinos desaparecidos. Para Nataly Naranjo, otra venezolana radicada en Manta, el desastre también removió viejos recuerdos.
Explica que después de la denominada Tragedia de Vargas, el Gobierno venezolano construyó numerosos edificios de departamentos para reubicar a miles de familias que perdieron sus viviendas. «Muchas de esas personas seguían viviendo allí y fueron esos edificios los que se vinieron abajo con el terremoto”, afirma.
Nataly nació en Barcelona, estado Anzoátegui, y llegó a Ecuador en 2020 buscando mejores oportunidades. Sus familiares sintieron el movimiento sísmico, aunque en esa zona los daños fueron menores. «Lo más grave ha sido en La Guaira. Da mucha pena porque era una ciudad turística muy bonita y ahora quedó en pedazos”, dice. Describe a La Guaira como una ciudad costera que siempre le recordó a Manta, por sus playas, hoteles y malecón.
Juan considera que la alta concentración de edificios residenciales en las principales ciudades venezolanas influyó en el elevado número de víctimas. «Aquí, cuando llegué después del terremoto de Manabí, vi muchas casas afectadas. En Venezuela mucha gente vive en edificios y eso hizo que hubiera más personas atrapadas cuando colapsaron”, explica.
Mientras los equipos de rescate siguen removiendo escombros en Venezuela, decenas de familias venezolanas asentadas en Manta permanecen pendientes de cada llamada telefónica, de cada mensaje y de cada actualización sobre la emergencia.



