LA EPIDEMIA OCULTA

“La peor epidemia es el silencio”. La frase encaja con lo que ocurre en la cárcel de Santa Elena, donde el traslado de reos hacia otros centros penitenciarios ha vuelto a encender las alertas sobre una posible crisis sanitaria relacionada con la tuberculosis. Lejos de despejar las dudas, las autoridades han respondido con explicaciones insuficientes sobre los fallecimientos de internos. Pero la preocupación va mucho más allá de los muros de la cárcel. La tuberculosis es una enfermedad infecciosa que requiere vigilancia epidemiológica permanente y medidas de prevención eficaces. Si los casos no son detectados, el riesgo alcanza a médicos, funcionarios públicos, agentes penitenciarios, policías, militares y familiares que mantienen contacto con la población carcelaria. Es decir, deja de ser un problema penitenciario para convertirse en un asunto de salud pública. Por eso, más que negar una crisis o minimizar las denuncias, las autoridades tienen la obligación de transparentar la información y explicar qué está ocurriendo. Si el problema existe y no se actúa a tiempo, ¿quién responderá por las consecuencias?

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