LA HERIDA MÁS PROFUNDA
Mientras miles de estudiantes del régimen Costa y Galápagos regresan a clases entre actos cívicos, himnos y discursos sobre valores, conviene mirar más allá de la ceremonia. Es positivo que en las aulas se enseñe cívica, ética, seguridad vial y otras materias orientadas a formar ciudadanos responsables. Tarea necesaria y urgente. Sin embargo, pierde fuerza cuando el mensaje choca con una realidad que lo contradice cada día. Educación en valores frente a escuelas deterioradas Resulta difícil hablar de respeto, orden y dignidad en planteles con paredes despintadas, pisos deteriorados y baterías sanitarias en condiciones deplorables. Los niños y adolescentes aprenden de lo que se les dice, y de lo que observan. Si el entorno escolar transmite abandono, el discurso moral pierde credibilidad. La educación en valores no puede limitarse a una hora de clase ni a un acto solemne de los lunes. También se enseña con infraestructura adecuada, espacios limpios y seguros, y con autoridades que prioricen el bienestar estudiantil. Poco efecto tiene hablar de seguridad vial cuando afuera de los planteles impera el caos: conductores que irrespetan señales, aceras ocupadas y calles peligrosas para los transeúntes. Falta de coherencia entre discurso y realidad educativa La coherencia educa. Los estudiantes merecen escuchar buenos principios, pero sobre todo verlos convertidos en realidad.



