
El Carnaval es una de las festividades más esperadas por los ecuatorianos. Siempre lo ha sido, aunque con el tiempo algunas costumbres han cambiado para bien. En las décadas de los ochenta y noventa, los juegos eran más bruscos. Arrojar agua a los transeúntes era una práctica común en los barrios de muchas ciudades, aunque no siempre bien recibida. Sin embargo, a veces el agua no bastaba. Se recurría a harina, huevos, tintes y otros elementos, lo que generaba tanto diversión como molestias entre la población. Las playas han sido, históricamente, el destino favorito de los ecuatorianos para celebrar el Carnaval.
En 1994, la vía Guayaquil – Santa Elena tenía menos controles, y los buses viajaban abarrotados, con conductores que aprovechaban la alta demanda para subir las tarifas. Muchos ciudadanos llevaban su propia comida, y las playas, al igual que hoy, se llenaban de familias y amigos dispuestos a disfrutar del feriado. Los desfiles también han sido una constante en la celebración. En ciudades como Guayaquil o Salinas, la elección de la reina del Carnaval es una tradición de larga data que sigue vigente, acompañada de comparsas, música y carrozas que llenan de color las calles.
El Carnaval tiene raíces ancestrales y es celebrado en distintos países antes del inicio de la Cuaresma cristiana. Su origen se remonta a los festivales paganos de la antigua Roma, como las Saturnales, donde se permitían excesos y festejos antes de los días de ayuno y penitencia. Con la expansión del cristianismo, la festividad se adaptó a diferentes culturas, dando lugar a manifestaciones únicas en cada región, como el fastuoso Carnaval de Venecia, el vibrante Carnaval de Río de Janeiro o las tradicionales comparsas de Barranquilla.



