
Dr. Medardo Mora Solórzano
Dr. en Jurisprudencia, Rector fundador de la Universidad Laica Eloy Alfaro de Manabí, ex-Alcalde de Manta, ex-presidente del CONUEP y luego CONESUP
El mundo respiró con alegría aires de libertad cuando cayó el Muro de Berlín. Se pensó sepultado todo vestigio de totalitarismo, pero ese tipo de régimen que ha rebrotado en muchos países, se caracteriza por utilizar al Estado como medio para someter a sus habitantes y privarlos de su libertad de pensar, su libre movilidad, de escoger la actividad a la que quieran dedicarse, asociarse con otros, rebelarse ante los arbitrios de quienes gobiernan, trastocando el verdadero rol de un Estado, el cual debe garantizar una convivencia pacífica y dar el mayor bienestar a sus habitantes. El gobernante no debe usar el Estado para irrespetar los derechos humanos Existen gobernantes que desconocen el rol del Estado o intencionalmente lo usan para disfrutar con su camarilla del trabajo de los ciudadanos, y eso los lleva a ser autoritarios. Usan las instituciones del Estado para beneficio del grupo que gobierna, se vuelven intolerantes, irrespetan la libertad de expresión, abusan de haber triunfado en procesos electorales muchas veces oscuros, hacen lo que les parece, olvidan que un Estado tiene una normativa jurídica que debe ser respetada por gobernantes y gobernados. Cuando el gobernante usa el Estado como instrumento para subyugar a sus gobernados surge el totalitarismo, que cree tener el derecho de decidir qué se puede decir, hacer o pensar, bajo la premisa de que quienes gobiernan son iluminados y pueden imponer su pensamiento. Desconocen el derecho a tener ideas distintas y para ello instauran un partido político único y niegan a los demás el derecho de asociarse según sus ideales. Ejemplos de estos totalitarismos son Rusia, China, aunque actualmente aceptan la libre empresa bajo el control político del gobierno. Ese fue el legado del fascismo de Mussolini o del nazismo de Hitler. Cuba y Nicaragua -y lo buscaba seguir Venezuela- viven ese tipo de régimen, aunque con ideas obsoletas. Los derechos humanos, esenciales en una democracia, son defendidos con énfasis en favor de quienes delinquen, pero no se lo hace en beneficio de quienes obran apegados a la moral y la ley. Sin embargo, con instituciones administrativas o una justicia manipuladas políticamente, esos derechos no existen.



