
Durante la Semana Santa, cientos de familias en Ecuador ven en el feriado una oportunidad de ingresos. En mercados, aceras y entradas de iglesias, aparecen los vendedores de siempre con lo típico de la temporada: pescado seco, flores blancas, velas y hasta choclos cocinados en canastos. Todo se mueve, todo se vende, aunque sea por unos pocos días. Muchos de estos comerciantes no tienen un local ni permisos. Son madres solteras, adultos mayores o jóvenes desempleados que buscan hacer algo de plata mientras otros descansan.
“Aquí no hay feriado, mijo. Si no vendo hoy, no como mañana”, dice Mariana, vendedora en el centro de Portoviejo, mientras ofrece ramos de flores frente a la iglesia La Merced. Los gobiernos locales suelen hacerse de la vista gorda, siempre que no bloqueen el paso. Para estos trabajadores, la Semana Santa no es solo una fecha religiosa, sino el único momento del año donde el pescado y las flores pagan la renta. El trabajo es callejero, informal y agotador, pero en muchas casas, esa venta es la que llena la olla.



