VISIBILIDAD NO ES LIDERAZGO

Santiago Palacios Montesinos

Comunicador Corporativo [email protected]

En los últimos meses, el escenario político en Manabí ha empezado a moverse con mayor intensidad. Figuras conocidas reaparecen en espacios públicos, mientras nuevos perfiles comienzan a ganar presencia en eventos, medios y territorio. A simple vista, podría interpretarse como un dinamismo positivo. Sin embargo, detrás de esta actividad surge una pregunta necesaria: ¿estamos frente a liderazgos en construcción o ante campañas anticipadas disfrazadas de gestión? No es un fenómeno nuevo, pero sí cada vez más evidente. La política ha adoptado dinámicas propias del marketing: posicionamiento, recordación de nombre y validación a través de encuestas. Antes de tomar una decisión formal, muchos actores buscan medir si su imagen tiene tracción, si “marcan” en la opinión pública y si existe espacio para una eventual candidatura. En ese proceso, la visibilidad se convierte en un objetivo en sí mismo. El problema es que la presencia constante no necesariamente se traduce en capacidad. Estar en todos los espacios no implica tener propuestas sólidas, ni mucho menos la experiencia para ejecutarlas. La visibilidad, por sí sola, no reemplaza el liderazgo. Y cuando esta lógica se instala, el riesgo es que el fondo pase a segundo plano frente a la forma. En este contexto, la ciudadanía queda expuesta a una sobreoferta de mensajes, recorridos, encuentros y discursos que, en muchos casos, responden más a una estrategia de posicionamiento que a una agenda de resultados. Se habla más de aparecer que de resolver. Y cuando la política se enfoca en medir popularidad antes que en atender problemas reales, el ciudadano deja de estar en el centro. Esto no significa que la presencia territorial o la cercanía con la gente sean negativas. Todo lo contrario: son condiciones necesarias para cualquier liderazgo serio. Pero la diferencia está en la intención y en la coherencia. Un liderazgo auténtico no se construye únicamente en el corto plazo ni depende exclusivamente de la exposición. Se construye con decisiones, con gestión sostenida y con la capacidad de asumir responsabilidades en contextos complejos. Hoy, Manabí enfrenta desafíos importantes en seguridad, empleo y desarrollo productivo. Son temas que requieren más que presencia: requieren preparación, criterio y ejecución. En ese escenario, la discusión no debería centrarse en quién aparece más, sino en quién está realmente listo para asumir el peso de gobernar. Porque al final, la política no se trata de ser visible, sino de ser útil. Y en esa diferencia, se define el tipo de liderazgo que realmente necesita la provincia.

RECORDANDO A KONRAD ADENAUER (I)

Abg. Ramiro Rivera Molina titulo

Político ecuatoriano que ocupó la vicepresidencia del Congreso Nacional entre 2003 y 2005 Profesor universitario en Universidad de las América Presidente del Grupo @elcomerciocom

Enorme verdad encierra la frase de Winston Churchill sobre Konrad Adenauer: «El mayor estadista alemán desde los tiempos de Bismark». Adenauer nace en 1876, a pocos años que Otto von Bismark creara el I Reich. A su vez, Bismark nacía en 1815, el mismo año de la derrota de Napoleón en la batalla de Waterloo. Bismark fue un estadista fuerte, conocido como el «Canciller de hierro», empeñado en la unificación y consolidación del imperio alemán, del que fue Canciller durante diecinueve años y ministro presidente de Prusia. Adenauer creció en condiciones modestas. Estudió con una beca. Brillante y destacado estudiante en la carrera de derecho en las universidades de Friburgo, Múnich y Bonn. Conforme su convicción católica, fue influido por las encíclicas Renun Novarum (de las cosas nuevas) promulgada por el papa León XIII, en 1891; y, por la Quadragésimo Anno, en referencia a los cuarenta años de la Renun Novarum, del papa Pío XI, en 1931. Los valores del humanismo cristiano acompañarán a Adenauer en toda su vida. Vivió conforme la ética de la dignidad humana. Durante su vida conoce el imperio, así como la agitada historia alemana, la Primera Guerra Mundial, la derrota y el alto costo del Tratado de Versalles, la revolución y su derrumbe, el sueño y colapso de la República de Weimar en 1933, el fatídico paso por las urnas a la dictadura del nacionalsocialismo y la implantación hegemónica del nazismo, a la que Adenauer enfrentó con entereza, pagando el duro precio del acoso y la prisión. Vivió la destrucción de Alemania y la Segunda Guerra Mundial, la ocupación del país con su ruina y división, la Guerra Fría. La construcción de la República Federal de Alemania, el «milagro económico» y los primeros pasos de la unificación europea.Konrad Adenauer incursiona en la política y es elegido concejal en 1906, por el Partido de Centro (Zentrum). Se encarga de la formación política del DZP (siglas en alemán). En 1917 es electo alcalde mayor de Colonia, hasta marzo de 1933, cuando es expulsado, luego de negarse a recibir a Adolf Hitler en el aeropuerto y mandar a retirar las banderas con la cruz esvástica colocadas en los puentes del Rin, para el mitin del Führer. Quien lo echa es el jefe del distrito nazi (El Gauleiter) Josep Grohe, primero con el eufemismo de «licencia por tiempo indefinido». Luego declara la destitución.Mientras tanto, se produce el asedio y el mal trato. Llamadas intimidantes a su domicilio. En una de las avenidas se colocan frases: «¡Que se vaya Adenauer!» «¡una bala para Adenauer!» El alcalde depuesto queda bajo «arresto preventivo». El servicio de seguridad nazi y funcionarios de la Gestapo allanan su domicilio en busca de algo que lo incrimine. Adenauer es detenido. Lo acusan de crímenes disparatados. Con sereno temple dirá: «Durante estos días he tenido que apretar los dientes». La persecución política del Tercer Reich en su contra será desde 1933 hasta 1945. Ya hablaremos en qué circunstancia fue apresado y trasladado a un campo de concentración en 1944; y, por cierto, la situación en que vio la muerte muy de cerca. Vivió el totalitarismo. Sabe de su omnipotencia y barbarie. De su ferocidad destructiva. Ha experimentado el atropello y la ignominia de los hombres, su debilidad y la propensión a dejarse arrastrar por el miedo, la tentación o el acomodo. Adenauer resistió la avalancha de la sinrazón con inteligencia y carácter. Aun en los peores momentos, su espíritu permanece firme.

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