MANTA NECESITA ESTRATEGIA, NO IMPROVISACIÓN

Miguel Ángel Castro P.
Ejecutivo de la Junta Cívica de Manta micaspin@hotmail.com
En los últimos días ha circulado una propuesta que pretende posicionar la construcción de un megapuerto de transferencia internacional en Manabí como una iniciativa prioritaria ante el Gobierno Nacional e incluso ante instancias internacionales. Más allá de la intención declarada, lo que preocupa profundamente es la ausencia total de sustento técnico, financiero y logístico que respalde semejante planteamiento. El desarrollo portuario no se construye sobre discursos; se edifica sobre estudios de demanda, análisis de hinterland, proyecciones de carga, conectividad multimodal, profundidad operativa realista y sostenibilidad financiera. Proponer un puerto con 40 metros de calado, cuando los buques portacontenedores de mayor tamaño del mundo operan con requerimientos cercanos a los 16– 18 metros, no es visión de futuro: es desconocimiento técnico. Pero el problema no es únicamente el calado. El verdadero eje de cualquier infraestructura portuaria es el flujo de carga garantizado. Sin masa crítica de contenedores, sin contratos logísticos, sin integración productiva regional y sin corredores eficientes hacia el interior del país, ningún megaproyecto es viable. El retorno de la inversión depende del volumen, la rotación y la competitividad frente a otros puertos consolidados en el Pacífico latinoamericano. Manta ya posee un puerto que cumple con estándares internacionales y que ha demostrado eficiencia operativa. Cuenta con ubicación estratégica sobre el Pacífico, ventajas naturales y reconocimiento internacional. El desafío no es reinventar el puerto; el desafío es potenciarlo. La verdadera discusión debe centrarse en la conectividad estructural. La vía Manta–Quevedo representa un proyecto estratégico que permitiría articular de manera directa a la provincia de Los Ríos — uno de los principales polos productivos del país— con el puerto internacional de Manta. Esa conexión incrementaría el flujo de carga, reduciría costos logísticos y fortalecería la competitividad nacional. El desarrollo portuario moderno responde a cadenas logísticas integradas. Infraestructura vial, eficiencia aduanera, alianzas públicoprivadas y planificación a largo plazo son los pilares reales del crecimiento. Sin ello, cualquier propuesta se convierte en una declaración simbólica sin impacto tangible. Manta no necesita proyectos monumentales sin sustento; necesita visión estratégica, seriedad técnica y coherencia económica. El país requiere infraestructura que genere valor, no titulares momentáneos. Si aspiramos a prioridad nacional, entreguemos al Gobierno proyectos ejecutables, sustentables y financieramente responsables. Elevemos el debate. Defendamos el desarrollo con argumentos técnicos, no con consignas. La Junta Cívica de Manta reitera su llamado a la unidad, pero a una unidad fundamentada en la verdad, el rigor profesional y el compromiso con el progreso real de nuestra provincia. Manta puede liderar el desarrollo logístico del Ecuador, pero lo hará con planificación, no con improvisación.
¿POR QUÉ SOMOS TAN INESTABLES? (I)
La historia política de América Latina es una larga crónica de agitaciones, estallidos y frustraciones. Parvas de libros y artículos desde diversas visiones, han intentado explicar el desencanto, y el poquísimo arraigo de las débiles instituciones, o la precaria cultura de legalidad que prevalece en Latinoamérica. Resbalamos dando las mismas vueltas. De tumbo en tumbo. ¿El eterno círculo vicioso? En los años setenta del siglo XX, las dictaduras proliferaban. Venezuela, Colombia y Costa Rica eran una excepción. Ahora Venezuela está en proceso de escapar de las llamas del infierno en el que cayó. Colombia, sacudida con un presidente zurdo y aturdido entre alucinaciones y la deriva de su enajenación. ¿Cuáles han sido los países menos convulsivos? Quizá Costa Rica, en menor grado, Chile que soportó una dura dictadura, algo parecido en Uruguay; o, México, que pasó por una estampida de caudillismo, hacia la «dictadura perfecta», en expresión de Mario Vargas Llosa. Ahora detenida en el populismo. En los últimos días, los focos se han encaminado hacia el vecino del sur. En diez años, la República del Perú ha tenido diez presidentes de la República. Y en medio de una década de alteraciones y agitación legislativa, el suicidio del ex presidente Alán García, el 17 de abril de 2019. ¿Quiénes forman parte de la hilera de gobernantes en la última década de la política peruana?: 1) Ollanta Humala, quien sucedió en el ejercicio presidencial a Alán García. Humala y su esposa, procesados y condenados a 15 años de prisión por lavado de activos agravado, 2) Pedro Pablo Kuczynski, quien permaneció en el poder 601 días, y renunció ante la presión de la vacancia. 3) Martín Vizcarra, con 995 de ejercicio y fue vacado. 4) Mercedes Araos fue presidenta por escasas horas, luego de juramentar ante el Congreso como «presidenta en funciones» 5) Manuel Merino, por 5 días, forzado por una encendida protesta social. 6) Francisco Sagasti, presidente interino con 254 días de permanencia. Su calamitosa gestión aplanó la vía de acceso a Pedro Castillo, el séptimo presidente, que permaneció un año con 132 días, entre reveses, gabinetes fugaces, investigaciones penales yun golpe de Estado frustrado. 8)Dina Boluarte, con 1034 días en el poder, vacada por corrupción. 9) José Jerí Oré, con cuatro meses en el cargo, enredado en reuniones opacas y negocios chinos; y, para colmo, retribuyendo a sus allegadas con gratificantes contratos y funciones públicas, fue vacado por el Congreso; y, 10) José María Balcazar, de larga carrera política y controvertidas declaraciones. El país vecino tendrá la elección presidencial el próximo 12 de abril. ¿Quién da la talla? Se preguntan en Perú. «Anarquía perfecta», describe un analista. Lo cierto es que la cultura cuenta en la política. El respeto a las reglas y los procedimientos. Degrada el acomodo prebendario como medio y fin. La ausencia de ética. El sistema político peruano es un combinado de presidencialismo y parlamentarismo. Pero, cabe preguntarse: ¿Por qué semejante inestabilidad política no quiebra la estabilidad económica?
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