
Cada 1 de noviembre, la banda de pueblo suena en el cementerio de Llano Grande, territorio Kitu Kara de Calderón, Quito. Se entona el capishca “Simiruco”: “Camino a Carapungo voy, indio de Llano Grande soy…”. La comunidad procesiona para homenajear a sus difuntos. Enrique Loachamín, presidente del cabildo, dice que el horno de leña comunal les ayudó a recuperar tradiciones: además del pan de finados, se hacen guagüitas y caballitos que los padrinos regalan a sus ahijados. También preparan un pan de rezar: una muñequita sobre una rosquita para compartir en el cementerio.
En Cotacachi, Mallku Morán explica el Wakcha Karay, “comida de pobres” o comer con los muertos: el 2 de noviembre las familias llevan papas con berro, salsa de sambo o maní, fréjol, tostado, chochos, mote, cuy, gallina, champús, colada morada y guaguas de pan. En Llano Grande, Verónica Montesdeoca mantiene altares con frutas favoritas de sus abuelos y ofrece colada morada; la “natita” hundida se interpreta como señal de que las almas vuelven a cuidar y acompañar.
También sobreviven el ángel Kallpay, jóvenes que rezan casa por casa, y las tías rezadoras, que intercambiaban oraciones por alimentos. Leonardo Zaldumbide recuerda el Aya Markay Killa, “mes de cargar a los muertos”, y cómo los jesuitas prohibieron en 1718 sacar en procesión los esqueletos. De esos rituales provienen las guaguas de pan y la colada morada: alimentos que convocan y mantienen viva la memoria de los difuntos.



