
Colombia entra en una nueva fase de búsqueda de cientos de desaparecidos bajo torres de apartamentos, oficinas y hospitales derrumbados por el terremoto, mientras se desvanecen las posibilidades de hallar sobrevivientes. Socorristas y voluntarios completan el cuarto día de trabajos entre montañas de escombros con la esperanza de un rescate milagroso. El sismo de magnitud 7,4 deja 287 muertos y 379 desaparecidos, principalmente en el Pacífico y la región cafetera. En Pereira, Hernán Giraldo, armado con casco y linterna, confía en que su hijo Juan Felipe, de 24 años, siga vivo bajo los restos de un hotel.
“Si sale con vida, lo importante es que esté vivo”, dice. Equipos con micrófonos especiales piden silencio para captar golpes o voces. En Cali, la morgue colapsó y los cuerpos son trasladados a Palmira. Familiares esperan noticias entre carpas de apoyo psicológico y rezos. Luis Arturo Ríos aguarda el cuerpo de una amiga; María Alejandra Hernández, los de tres parientes. El presidente Abelardo de la Espriella, con una semana en el poder, anunció posibles alzas de impuestos y pidió colaboración privada. El Banco Mundial desembolsó 200 millones de dólares y varios países envían ayuda; también puso en marcha un estudio para calcular el costo del terremoto. Miles de voluntarios reúnen alimentos, agua, medicinas y ropa para los damnificados. Unas 13.000 viviendas quedaron destruidas. En Bogotá, el estadio recibe toneladas de donaciones; en Quibdó, epicentro del sismo, decenas de damnificados se refugian en un gimnasio. Los niños presentan fiebre y las familias duermen a la intemperie.



