EL VALOR DE DENUNCIAR

“Formar buenos ciudadanos”. Esa es una de las frases más repetidas en escuelas y colegios. Y no es casualidad. Responde a una urgencia cada vez más evidente: frenar una corrupción que se ha infiltrado en todos los rincones de la sociedad. Desde el agente de tránsito sinvergüenza que pide para las colas hasta el funcionario que, con total descaro, advierte: “Pero eso le va a costar un billete”. Qué difícil debe ser para los estudiantes salir al mundo y encontrarse con una realidad donde, muchas veces, parece imposible avanzar sin pagar un ‘peaje’. Más contradictorio aún resulta escuchar discursos contra la corrupción de quienes, por debajo de la mesa, también exigen su tajada. La corrupción siempre pasa factura. Tarde o temprano, sus consecuencias alcanzan a toda la sociedad. Pero la gente honesta no puede limitarse a esperar que la justicia llegue sola. También tiene la responsabilidad de denunciar, de no guardar silencio y de cerrarles el paso a quienes hacen del abuso una forma de vida. Una sociedad vale por la capacidad que tiene para señalar y expulsar a los corruptos. Si esos valores no se fortalecen desde el hogar, complementando el trabajo que realizan las instituciones educativas, el futuro del país seguirá caminando chueco.

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