LA DEMOCRACIA ES UN FANTASMA
No hay en quién creer. El ecuatoriano se siente profundamente decepcionado de la Asamblea, el Consejo Nacional Electoral, la Judicatura, el Consejo de Participación Ciudadana, el sistema de justicia e incluso de la Presidencia. No es una percepción aislada ni una exageración, lo confirma la última encuesta de una reputada empresa de investigación de mercado en Latinoamérica. El porcentaje de aprobación de estas instituciones no supera el 42 %, una cifra preocupante en un país donde, por donde se mire, aparecen señales de corrupción, falta de transparencia y decisiones que debilitan la confianza ciudadana. Funcionarios han sido señalados por cosas ‘chuecas’ o actuaciones que contradicen la ley. Este deterioro institucional también afecta directamente a los ciudadanos, los expone a injusticias y debilita sus derechos. Hace falta limpiar las instituciones de las manzanas podridas y devolverles su verdadero propósito, servir al país, no servirse de él. La confianza se reconstruye cuando se siente la justicia, cuando se deja de meter la mano al bolsillo de la gente y cuando las decisiones públicas responden al interés nacional y no a revanchas políticas. Pero, sobre todo, la confianza vuelve cuando se castiga a los peces gordos. Sin confianza, no hay democracia que se sostenga.



