A las cuatro de la madrugada, Luis Mojarrango empuja su canoa en Súa. Ya no hay expectativa en su mirada. Lanza la red y solo recoge una masa oscura que se retuerce: jaiba mora. «Esto se lo llevó todo», murmura. En toda la costa de Esmeraldas, la proliferación de esta especie (Euphylax dovii) ha paralizado la pesca artesanal.

Las cifras duelen: 5.000 pescadores afectados, 1.000 embarcaciones varadas en Atacames. Las jaibas rompen redes, devoran la carnada y ahuyentan a otras especies. No tienen valor comercial: mueren rápido e irritan la piel. Antes, una jornada exitosa daba 30 dorados. Hoy, con suerte, tres. Cada embarcación ha dejado de percibir 9.000 dólares en el último trimestre; el golpe económico supera los 27 millones de dólares.
En la orilla, muchos entierran toneladas de jaibas junto con redes inservibles. Sin ayudas estatales a la vista, Luis Mojarrango vuelve a empujar su canoa cada madrugada. El océano solo devuelve redes rotas y promesas incumplidas.



