
La sala es pequeña. Unos 2 metros de ancho por 6 de largo. Dos camillas de metal de 2 metros caben precisas en el lugar, allí colocan los cadáveres. Al fondo hay trajes desechables, una repisa, un anaquel con implementos de trabajo; las paredes del lugar son blancas, limpias; y hay en el ambiente un olor a formol, lo común para sitios como este; las mascarillas hacen lo que pueden.
“Venga, pase, póngase una mascarilla e ingrese, disculpe, nomás que todavía no terminamos de limpiar; el fin de semana tuvimos mucho trabajo”, dice Antonio Moreira mientras abre la puerta del área donde preparan los cadáveres. Él es uno de los dos tanatopraxistas de la funeraria Santa Marianita, en Manta. El nombre parece complejo, pero es eso nomas, pura dificultad para pronunciar.
El trabajo en sí, lo es mucho más. Personas como Antonio Moreira son quienes reciben los cadáveres en las funerarias y los alistan para velarlos. Les ponen formol, reconstruyen algunas partes del cuerpo, los maquillan, los visten; en fin, los preparan para la despedida. En Manabí, todos saben, que si mueres de forma violenta: asesinato, femicidio, golpes, o muerte dudosa, terminas en el centro forense de Manta, el único de la provincia. Allí, en estos tiempos violentos hacen lo que pueden con las víctimas que llegan de todos los cantones.



