
Christian Murillo Delgado PHD
Ph.D. en Gestión Pública y Gobernabilidad
Las recientes detenciones e investigaciones que involucran a varios alcaldes del país por presuntos delitos han reabierto un debate que el Ecuador no puede seguir postergando. Será la justicia, con estricto respeto al debido proceso y al principio de presunción de inocencia, la encargada de establecer las responsabilidades individuales. Sin embargo, cuando estos hechos se repiten con preocupante frecuencia, el análisis deja de ser exclusivamente judicial para convertirse en una reflexión sobre la calidad de nuestra democracia. Más allá de los nombres y de las circunstancias particulares, el país debe preguntarse qué está fallando para que autoridades elegidas por el voto popular terminen enfrentando procesos que deterioran la confianza ciudadana y debilitan las instituciones. En esa reflexión, los partidos y movimientos políticos ocupan un lugar determinante. La Constitución les asigna la misión de fortalecer la democracia y canalizar la participación ciudadana, una responsabilidad que va mucho más allá de conquistar victorias electorales. Su deber es formar y postular candidatos con integridad, preparación, liderazgo y vocación de servicio. Cuando la selección responde únicamente a la popularidad, al cálculo político o a la capacidad económica, la política pierde su esencia y se convierte en un simple instrumento para alcanzar el poder. La calidad de un gobierno comienza con la calidad de quienes son llamados a ejercerlo. Las próximas elecciones seccionales representan una oportunidad para rectificar ese rumbo. Cada voto constituye un acto de enorme responsabilidad cívica, pues no solo elige autoridades, sino que define el futuro de las comunidades y la administración de los recursos públicos. Los ciudadanos deben mirar más allá de la propaganda, de las promesas fáciles o de la influencia de las redes sociales. La trayectoria, la honestidad, la experiencia y la transparencia deben convertirse en los principales criterios al momento de elegir. Una democracia sólida necesita electores informados, conscientes de que un voto responsable también protege el interés colectivo. Pero exigir mayor compromiso a la ciudadanía implica reconocer otra obligación ineludible: la del Estado. Ninguna democracia puede consolidarse sin una educación que forme ciudadanos libres, críticos y comprometidos con los valores republicanos. La enseñanza debe transmitir conocimientos, pero también fortalecer la ética, el respeto por la ley, la participación cívica y la responsabilidad social. Los niños y jóvenes de hoy serán los electores y gobernantes del mañana. Invertir en educación cívica significa construir una sociedad menos vulnerable al populismo, a la desinformación y a la corrupción.Esta reflexión encuentra respaldo en el pensamiento del politólogo Samuel P. Huntington, quien sostenía que la estabilidad democrática depende de la fortaleza de sus instituciones más que de la simple celebración periódica de elecciones. Las democracias maduras son aquellas capaces de consolidar partidos responsables, organismos de control independientes y ciudadanos preparados para ejercer un voto consciente. Cuando alguno de estos pilares se debilita, aumenta el riesgo de improvisación, pérdida de legitimidad y deterioro institucional. A ello debe sumarse la responsabilidad de los organismos de control, cuya labor no puede limitarse a intervenir cuando el daño ya está consumado. La fiscalización preventiva, la transparencia en el financiamiento político, el control patrimonial y la vigilancia permanente sobre la gestión pública constituyen herramientas indispensables para fortalecer la confianza ciudadana y preservar la integridad de las instituciones. El Ecuador necesita comprender que la democracia se construye mucho antes del día de las elecciones. Comienza cuando los partidos seleccionan con responsabilidad a sus candidatos; cuando el Estado forma ciudadanos con pensamiento crítico y valores; cuando las instituciones ejercen controles eficaces e independientes; y cuando cada elector entiende que su voto trasciende el presente y compromete el futuro de toda una comunidad. Las próximas elecciones seccionales pondrán nuevamente a prueba esa madurez democrática. Cada sufragio debe convertirse en un ejercicio de conciencia y no de improvisación, porque la confianza ciudadana constituye el patrimonio más valioso de un sistema democrático. Al final, las naciones no son mejores por la cantidad de elecciones que celebran, sino por la calidad de los hombres y mujeres a quienes deciden confiarles su destino.



