
José Ramón Sornoza, dueño del bazar Betty en Tarqui, Manta, abre todos los días su negocio en medio de las calles vacías
Lo de José Ramón Sornoza es pura nostalgia. En una entrevista para Diario el Universo, cada mañana, de lunes a viernes, levanta la puerta de su bazar en Tarqui, Manta.
No hay clientes. Solo él y el recuerdo de lo que fue el mayor corazón comercial de la ciudad. Se sienta tras la vitrina y mira la calle. Pasan, dice, diez o quince personas al día. Y eso lo entristece. Porque antes, la avenida 108 era un hervidero de carretas, parasoles y ruido. Hoy parece suspendida en el tiempo, congelada en una fecha que Tarqui no ha podido superar: el 16 de abril de 2016. Ese día, un terremoto de 7,8 grados arrasó el norte de Manabí.
Manta fue una de las más golpeadas. José llevaba 30 años en ese local. Llegó cuando Tarqui era el motor económico. Llegó el sismo, la gente huyó, cerró sus negocios. Él no. No por dinero, dice, sino por costumbre. “Es la nostalgia de estar aquí, mirar a la gente que pasa. A veces se vende, a veces no, pero aquí estamos”.
El terremoto destruyó 23 manzanas, mató a 35 personas solo en Tarqui y derrumbó 19 hoteles. Diez años después, solo seis manzanas muestran actividad comercial. El resto es escombro corroído por el tiempo, refugio de mendigos o silencio.

Leonel Moreira, comerciante, tiene una pequeña tienda en Tarqui
Más adelante, Leonel Moreira, de 62 años, atiende una minitienda con dos mesas. Tampoco vende mucho. Pero se queda. Él cerró su negocio de ropa interior minutos antes del sismo. Vio caer el edificio de la esquina. “Después todo eran postes caídos y casas destruidas. Daba mucha pena. Nunca habíamos sentido esas muertes”, recuerda.
Diez años después, no ve cambios: “Esto no se recupera”. Y luego está Ramón Cevallos, de 78 años. Camina por Tarqui, mira las calles vacías y le parece irreal. Recuerda la bulla, la comida, la gente. Pero también los edificios caídos. “Me da algo”, dice. Una pena que lo obliga a acelerar el paso.





