
El cuerpo estaba boca abajo sobre una mancha de sangre, entre rojiza y oscura. A su alrededor, todo parecía intacto: los muebles, el televisor, un suéter rojo y el control del aire acondicionado sobre la cama.
Hasta el lunes al mediodía, todo era normal en un edificio frente a la playa de Manta. Todo, excepto que el huésped de la habitación 304 llevaba varios días muerto. Allí vivía Brandon Osborne, un estadounidense de 44 años. Llegó en febrero de 2023. Le gustaba viajar, nadar y comer mariscos, pero sobre todo beber, cuentan sus amigos. Tenía por costumbre bajar a recepción a recoger la comida que pedía.
La última vez que lo vieron fue el jueves 5 de marzo. El lunes 9, el recepcionista llamó a la Policía. Nadie respondió el timbre. Abrieron la puerta y un olor nauseabundo los golpeó. Un hilo de sangre salía de la habitación. Ahí estaba Brandon, boca abajo, junto a la cama. La Policía informó que no había signos de violencia. Criminalística levantó el cuerpo y lo llevó a la morgue. Los vecinos sabían poco de él: vivía solo, hace años lo veían con una novia. No conocían a su familia.
Un amigo, Diego Casquete, contó que Brandon era buzo profesional y trabajó para las Fuerzas Armadas de Estados Unidos. Nadaban juntos en la playa El Murciélago. Hace días le escribió para invitarlo, pero nunca respondió. “Nos quedó una nadada pendiente”, dijo Diego, quien fue a la morgue para ver si alguien reclamaba el cuerpo. Nadie llegó. Afuera del edificio, las ventanas del 304 estaban abiertas.
El aire movía las cortinas blancas, depurando el olor a muerte que quedó encerrado en la habitación donde Brandon vivió sus últimas horas solo, como siempre lo vieron llegar.



