
Abg. Ramiro Rivera Molina titulo
Político ecuatoriano que ocupó la vicepresidencia del Congreso Nacional entre 2003 y 2005 Profesor universitario en Universidad de las América Presidente del Grupo @elcomerciocom
Es innegable la afinidad de la mentira con la política, decía Hannah Arent. Yo añadiría que entre la mentira y la violencia hay un paso. La violencia emerge desde el relato que niega los hechos y evidencias. Es la ausencia de la razón argumental que confiere contenido y sentido a la política seria. En la vaciedad, el embustero, discurre entre el éxtasis y la exuberancia, crea la justificación que distrae. Se victimiza con la injuria y el agravio, la procacidad y la descalificación. Con un repudiable cinismo llama trampa, cortina de humo o persecución, cuando la justicia indaga sus felonías y fechorías. Los pretextos sobran para negar los hechos y deslegitimar la verdad. En la política han existido personajes instruidos y sagaces con habilidades para el sarcasmo y la elegante mordacidad. Recordemos a Carlos Julio Arosemena Monroy o Asaad Bucaram Elmhalin. En el oficio de la palabra escrita, a Juan Montalvo. Ejemplos abundan en América Latina, Pero nadie, en la política reciente, se acerca al colosal embustero: Rafael Correa Delgado. Leamos algunos de los improperios e insolentes agravios, expresados contra el presidente de la República, Daniel Noboa: «Aniñado/asesino/bobo/criminal/canalla/calíg ula/cínico/cipayo/criminal/ cobarde/chiquitín/descarado/engreido/estúpi do/farsante/fascista/inepto/inmoral/improvisa do/impreparado/jactancioso/mediocre/mentir oso/miserable/muñeco/narco/niño/payaso/pe lafustán/piterpan/ridículo/sapo/saqueador/sin vergüenza/vasallo/ torturador». El prófugo de la justicia que glorificó al dictador Hugo Chávez, y alabó a Nicolas Maduro, diciendo que era: «bondadoso, bueno, pacífico». Alardeando ser asesor de un endiablado tirano, hoy procesado por narcoterrorismo en un Tribunal del Distrito Sur de Nueva York. El agravio es el arma preferida del sentenciado. Hace poco, se refería al presidente Donald Trump como «primate con corbata». Al nobel de literatura, Mario Vargas Llosa, le dijo: «limitadito» y «cretino». Correa llega al embeleso, la fascinación y efervescencia con la vejación y la diatriba que descalifica a quien quiera. Su universo conceptual es un sumidero de procacidad. Nadie escapa a su rusticidad propia del pendenciero de una barriada marginal. En Rafael Correa no hay espacio para la racionalidad y la sensatez. Su ferviente y ardiente devota, Luisa González, desde su medianía intelectual, ahora investigada por la fiscalía, en el caso «Caja Chica», hace algunas semanas desafiaba a las autoridades para que la investiguen. Ofrecía abrir sus cuentas bancarias, el contenido de sus celulares y computadoras. Pero al producirse un allanamiento con fines investigativos por el presunto delito de delincuencia organizada, lavado de activos y financiamiento político irregular, su respuesta fue la expresión soez de: «hijos de puta», «porque hace falta ser bien hijo de puta…», gritó. Penoso, para quien quería ser elegida presidente, la política reducida a la gramática de la chabacanería. Es, sin duda, frivolidad de la pequeñez humana. Hay dos frases que tienen vigencia para los tiempos de una política ligera, liviana y vacía que representa Rafael Correa, Luisa González y los suyos. La primera, pronunció Isaac Asinov: «La violencia es el último recurso del incompetente». La segunda, lo manifestó Abraham Lincoln: «Hay momentos en la vida de todo político en que lo mejor que puede hacerse es no despegar los labios».


