¡FACHOS!

Abg. Ramiro Rivera Molina titulo

Político ecuatoriano que ocupó la vicepresidencia del Congreso Nacional entre 2003 y 2005 Profesor universitario en Universidad de las América Presidente del Grupo @elcomerciocom

Desde un audaz pedestal de predominio moral, quienes se ubican en el radicalismo ideológico, bien metidos en la cabeza que el socialismo -que no entienden- es el único camino para la sociedad equitativa y perfecta, se refieren a los que no piensan como ellos quieren, con un dejo despectivo y un tonillo peyorativo de: «fachos» o «fascistoides», marcándolos de inclinados al fascismo o al autoritarismo. Esto lo podemos leer y ver en todas las plataformas del universo digital. Sin ton ni son, quienes no se adhieren al credo del extremismo, están catalogados como fascistas. Así de fácil y de simple. Alguien de pensamiento liberal, que cree en la libertad individual, reivindica el respeto a la persona y su dignidad, al igual que el pluralismo y la diversidad, convencido de la economía social de mercado, que defiende los valores de la familia, exige respeto a la propiedad adquirida con esfuerzo y trabajo, que critica la intromisión del Estado en la libertad de las personas, o defiende la libre expresión, sin reparo es encasillado como «facho». Descalificado, denigrado y malmirado. Esta odiosa categorización, con frecuencia proviene del fanático que diviniza a regímenes que han destrozado más vidas que las dos guerras mundiales juntas. Quienes adjetivan, no tienen la más remota idea de la naturaleza y el carácter del fascismo, que desde dónde se mire, tiene un sinnúmero de parecidos con la variedad de los regímenes autocráticos, tiránicos y totalitarios que conoció la humanidad en el siglo XX. El fascismo de Benito Mussolini, está cercano al nazismo hitleriano, al totalitarismo soviético estalinista, de la china maoísta, de la dinastía Kim en Corea del Norte, del sanguinario dictador de Cambodia Pol Pot, o de líderes monstruosos que han sometido y exterminado a pueblos enteros. Cada modelo autoritario o totalitario tiene rasgos que le son propios, pero hay semejanzas y parecidos. Comencemos por el modelo del centralismo estatal. El Estado orgánico del fascismo se parece al Estado totalitario del marxismo-leninismo y al Estado Total del nazismo hitleriano. Todos giran alrededor de un líder rudo, mesiánico, todopoderoso, hambriento de poder, celoso, despiadado y megalómano, a quien sus creyentes deben rendirle culto. Es el líder absoluto o supremo jefe, que debe ostentar todos los poderes. Amado y temido. Destinado a crear al «hombre nuevo». Predestinado a ejercer el poder omnímodo y perpetuo. El modelo autoritario implica la fusión del líder, el partido, la ideología y el Estado. Se anula la pluralidad del pensamiento para implantar el partido único y la verdad oficial. La fuerza pública pasa a ser el brazo armado de la organización autoritaria. Desaparece la diversidad para implantar la homogeneidad. Stalin, Mao o Hitler no admiten opositores. Los persiguen, confinan, destierran o fusilan. «No discutimos con quienes no están de acuerdo con nosotros, los destruimos». Esta expresión podría sonar familiar en la boca de cualquier dictador comunista. Pero lo dijo Mussolini. Para los marxistas la lucha de clases es el motor de la historia. Para el Duce, «Sólo la sangre mueve literalmente las ruedas de la historia». Los totalitarismos de cualquier signo desprecian los valores de la democracia. Para los socialistas marxistas la democracia representativa es «formal» o «burguesa». Despreciada. Para Mussolini es «una falacia». Para los totalitarios la regla es el secreto. El Estado de propaganda es un imperativo insustituible. En los totalitarismos no hay adversarios sino enemigos a los que se debe eliminarlos. Ya sea en los hornos crematorios del holocausto nazi, el Gulag soviético, los campos de reeducación cultural de Mao Zedong o las mazmorras de las tropicales dictaduras comunistas como la de Cuba, Venezuela o Nicaragua. Ironías de la crispación y la polarización política. Quienes se han fascinado por los dioses del autoritarismo, Sólo tienen certezas acabadas e inamovibles. Son quienes endilgan de «fachos» a los demócratas. Es triste si recordamos la expresión de Voltaire: «Cuando el fanatismo ha gangrenado el cerebro, la enfermedad es casi incurable».

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