
La captura de cabecillas criminales en Ecuador, aplicada para debilitar a las bandas, ha generado un efecto inverso: la fragmentación de estas estructuras en múltiples pandillas que disputan territorios y economías ilegales, elevando la violencia. El fenómeno se concentra en Guayas, Manabí, Los Ríos y El Oro, donde los vacíos de poder derivan en conflictos internos. El caso más evidente es Durán: tras la detención de alias Bob Marley, líder de los ChoneKillers, la organización se dividió en al menos diez pandillas que hoy se disputan el control de barrios y puntos de microtráfico. La evidencia internacional respalda este patrón. En México y Colombia, la estrategia de «decapitación» ha provocado guerras internas por liderazgo y rentas ilegales. Según InSight Crime, los homicidios pueden aumentar entre 10 % y 30 % tras la caída de un mando.
En Ecuador, la eliminación de un liderazgo no desmantela la estructura, sino que la atomiza. Cada subgrupo busca controlar microterritorios para sostener economías ilícitas como el microtráfico y la extorsión, multiplicando los puntos de conflicto. Un uniformado en Durán explica: «La captura dejó una plaza muy apetecida por su cercanía al río Guayas. Son subfragmentaciones. Los grupos entraron en enfrentamiento continuo y aparecieron nuevos actores». La ubicación geográfica es estratégica: el río facilita movilidad y ocultamiento. Un vecino añade: «Ya nadie sabe qué bandas están aliadas. Si voy a un sector enemigo, pensarán que pertenezco a ese grupo». Lo ocurrido en Durán se replica en Manabí, Los Ríos y El Oro, donde bandas como Los Choneros se dividieron en células locales que disputan puertos, barrios y rutas. La analista María José Guerra señala: «Cuando desaparece un líder, las estructuras se dividen, se adaptan y generan más puntos de conflicto. Multiplican los actores violentos y dificultan la intervención policial».



