SIN JUSTICIA, NO HAY PATRIA
La crisis de la justicia no se resuelve con la salida del presidente del Consejo de la Judicatura ni con la destitución ocasional de algún funcionario sorprendido en actos de corrupción. Pensar que el problema termina allí es una peligrosa ilusión. Mientras no se ataque el fondo, vendrán otros iguales o peores, dispuestos a seguir alimentando una espiral de corrupción que carcome al sistema judicial y fortalece la impunidad. La justicia continuará desmoronándose mientras falten fiscales y jueces probos, con independencia, formación sólida y convicción ética para impartir justicia sin mirar el color del poder de turno. No se trata solo de cambiar nombres, sino de cambiar la lógica perversa que permite que intereses políticos y económicos interfieran en decisiones que deberían responder únicamente a la ley. La salida no puede improvisarse desde el poder político, parte del problema. La solución debe surgir desde la academia, donde se forman los futuros profesionales del derecho. Allí debe sembrarse una cultura de honestidad, ética, mística de servicio y respeto irrestricto al Estado de derecho. Y los docentes también deben ser probos. Sin una justicia íntegra no habrá ciudadano honesto que encuentre amparo ni país que pueda avanzar. Es urgente poner un basta definitivo a la interferencia política en la justicia y reconstruir un sistema comprometido con el pueblo.



