
Ecuador es una anomalía turística en Sudamérica. Según el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), cada turista internacional gasta en el país un promedio de $1.408, la cifra más alta de la región y casi un 50% superior al promedio latinoamericano ($938).
Ecuador sabe vender caro su turismo, atrayendo visitantes de alto poder adquisitivo. Pero también expone su principal debilidad: no logra atraer suficientes visitantes. El país recibe apenas entre 1,3 y 1,5 millones de turistas al año, una escala muy baja comparada con sus vecinos, que compensan un menor gasto por persona con un volumen mucho mayor.
El perfil del turista explica esta dinámica: el 38,2% llega desde Europa y el 19,7% desde Estados Unidos. Solo el 31,1% proviene de Sudamérica, un patrón atípico en una región donde el turismo es mayoritariamente intrarregional. Esto eleva el gasto promedio, pero limita el volumen y aumenta la vulnerabilidad ante crisis globales o el encarecimiento de los pasajes.
Ecuador debe multiplicar sus visitantes sin destruir su posicionamiento premium. El camino no pasa por abaratar el producto, sino por corregir cuellos de botella estructurales: CONECTIVIDAD AÉREA: Es el principal freno. La dependencia de mercados lejanos encarece y reduce la frecuencia de viajes. Se requieren más rutas directas regionales, mayor competencia aérea e integración entre aeropuertos y destinos. EQUILIBRAR LOS MERCADOS: Mantener el turismo europeo y estadounidense de alto gasto, mientras se expande agresivamente el turismo intrarregional (viajes cortos, escapadas).
Esto aumenta el volumen sin bajar precios y reduce la vulnerabilidad. DIVERSIFICAR LA OFERTA: Escalar sin perder valor implica ir más allá de los destinos icónicos, crear más experiencias de alto valor agregado (naturaleza, cultura, turismo comunitario) y ampliar la duración de las estadías.



