
Christian Murillo Delgado PHD
Ph.D. en Gestión Pública y Gobernabilidad
Desde la invasión de Irak en 2003 hasta la actual situación política en Venezuela, Estados Unidos ha sido protagonista de decisiones internacionales que han polarizado opiniones y análisis académicos. La persistencia de Washington en respaldar de facto a la Vicepresidenta de Venezuela, a pesar de la grave crisis interna que vive ese país, parece desafiar el sentido común de la política internacional tradicional. Para entender esta postura, es útil recordar no solo los acontecimientos concretos de uno y otro caso, sino también las teorías clásicas que nos ayudan a interpretar las prioridades de los Estados en el sistema internacional. Hans Morgenthau, uno de los pilares del realismo político, nos enseñó que la política entre naciones se rige por una búsqueda racional del poder y los intereses nacionales, no por imperativos morales abstractos. Bajo esta lente, la permanencia de Washington en el tablero venezolano adquiere una lógica estratégica que merece ser analizada con rigor y distancia. En 2003, la decisión de Estados Unidos de derrocar al régimen de Saddam Hussein se justificó en motivos que iban desde la erradicación de armas de destrucción masiva hasta la promoción de la democracia en Oriente Medio. Sin embargo, la profunda transformación de ese país y su impacto regional fueron menores de lo esperado, y las consecuencias negativas para la estabilidad iraquí y global fueron ampliamente documentadas. En contraste, la crisis venezolana se ha gestionado de una manera más cautelosa, evitando una intervención militar directa, pero empleando sanciones económicas, presiones diplomáticas y respaldo selectivo a actores políticos que se oponen al gobierno actual. Esta diferencia no es trivial; revela una adaptación de la política exterior estadounidense a un entorno global más complejo, donde las intervenciones directas tienen costos más altos y menores retornos. La experiencia iraquí, por tanto, funge como advertencia histórica y como lección estratégica para Washington. Hans Morgenthau nos advierte que los estados actúan conforme a su interés nacional entendido en términos de poder, no conforme a ideales abstractos de justicia universal. Para Morgenthau, la moral y la política internacional son esferas distintas que deben confluir, pero no confundirse. Esta distinción es crucial para interpretar la política estadounidense hacia Venezuela. Aunque la retórica oficial pueda apelar a la restauración de la democracia o la defensa de los derechos humanos, en el corazón de la estrategia de Washington se encuentra la necesidad de garantizar estabilidad regional, proteger inversiones y frenar influencias de potencias rivales en el hemisferio occidental. Así, el respaldo a la Vicepresidenta no necesariamente implica una aprobación incondicional de su gobierno, sino una elección pragmática dentro de un conjunto limitado de opciones. Asimismo, Robert Gilpin, otro gigante del pensamiento internacional, ofrece un marco útil para comprender cómo la interdependencia económica y las estructuras de poder global condicionan las decisiones de las grandes potencias. En The Political Economy of International Relations, Gilpin explica que los estados no solo buscan poder militar y estratégico, sino también la capacidad de influir en los flujos económicos y en las normas que rigen el sistema internacional. En el caso de Venezuela, un país rico en recursos energéticos y con una posición estratégica en América Latina, la administración estadounidense evalúa no solo el componente político, sino también las implicaciones económicas de cualquier decisión drástica. A diferencia de Irak, donde la lógica bélica se impuso sobre consideraciones económicas regionales, en Venezuela se observa una política más matizada, consciente de que los lazos comerciales y las dinámicas energéticas tienen un peso considerable en la estabilidad hemisférica. La estrategia contemporánea de Washington hacia Caracas también debe entenderse en el contexto de un sistema internacional transformado. La emergencia de potencias como China y Rusia, que han cultivado relaciones estrechas con el gobierno venezolano, complica cualquier intento unilateral de recolocar a Venezuela en la órbita occidental. En este sentido, la administración estadounidense ha optado por una presión sostenida combinada con un margen para el diálogo internacional, evitando un choque directo que pudiera fortalecer narrativas geopolíticas contrarias a sus intereses. Esta combinación de sanciones, diplomacia y pragmatismo refleja no solo una lección aprendida tras Irak, sino también una adaptación a un sistema multipolar donde los costos de intervenciones directas son mayores. Es necesario reconocer, sin embargo, que esta postura no está exenta de críticas legítimas. Desde sectores progresistas hasta gobiernos aliados, se cuestiona si mantener a la Vicepresidenta en el poder equivale a perpetuar un statu quo que ha agravado las condiciones de la población venezolana. Aquí es donde el pensamiento de Morgenthau nos ofrece otra enseñanza: los líderes políticos deben equilibrar la búsqueda del interés nacional con principios éticos que no pueden ser ignorados sin riesgo de perder legitimidad. El desafío para Washington es, entonces, manejar esa tensión entre realismo estratégico y responsabilidad moral, evitando tanto el intervencionismo imprudente del pasado como la indiferencia ante sufrimientos humanitarios. Al mirar hacia adelante, la política exterior estadounidense tendrá que seguir ajustándose a los cambios estructurales del sistema internacional. La relación con Venezuela seguirá siendo un barómetro de cómo Washington equilibra poder, economía y moralidad en un mundo cada vez más interconectado y competitivo. Rechazar una intervención militar directa y apostar por mecanismos diplomáticos y económicos es, más que una simple postura, el reflejo de una estrategia que busca evitar las trampas del pasado sin abdicar de sus objetivos geopolíticos esenciales. En definitiva, comparar Irak y Venezuela no es un ejercicio de analogías simplistas, sino una invitación a entender que las decisiones de política internacional se toman dentro de un contexto histórico y estructural específico. La lógica interestatal descrita por Morgenthau y la perspectiva integradora de Gilpin nos ayudan a interpretar por qué Washington ha optado por una estrategia que, aunque controvertida, responde a un cálculo complejo de poder, economía y riesgo. En un mundo donde la intervención directa ya no es la primera opción ni la más viable, la cautela —bien calibrada — podría ser la forma más eficaz de promover cambios duraderos.



