EL ESTADO DE DECEPCIÓN

Al Estado con su institucionalidad materializada, han llevado las dos recientes administraciones, a una situación crítica a manera de laberinto, en donde se encuentra atrapada la población y toda capacidad de reacción. Porque una cosa es decretar estados de excepción para intentar resolver la inseguridad que se agudiza, y otra, muy distinta, volverse un estado de decepción, por los resultados y la indignación provocados.

Un presidente de la república en su peor estado de decadencia, cuenta todavía con el respaldo de la fuerza pública y los medios hegemónicos de comunicación, para sostener sus últimos días en el poder. Mientras la ola expansiva de la violencia provoca más asedio y muerte entre los habitantes, quienes prácticamente, ya no cuentan con la garantía del Estado para dotar de seguridad.

Inmersos en esa condición extrema, los esenciales servicios de la educación y la salud públicas, ya ni son señalados por sus carencias, dada la urgencia de salvar la vida en las calles, cada quien por su cuenta y riesgo. Ni se diga de la creación de empleo que no sea para reclutar a jóvenes en las organizaciones delincuenciales boyantes de presencia.

Cada vez que el mandatario renueva un estado de excepción, sin resultados de alivio, lo que nos origina es un estado de decepción generalizado a la espera de que termine su paso ruin por el poder. El tiempo se alarga, mientras el relevo se avecina y la ironía de su mensaje nos duele: lo mejor está por venir.

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