APAGONES QUE LES CORTAN LA LUZ A LOS CANDIDATOS

Santiago Palacios Montesinos

Comunicador Corporativo [email protected]

En Ecuador, un apagón puede apagar más que un foco. Puede detener una fábrica, reducir las ventas de un negocio y alterar la tranquilidad de una familia. También puede debilitar una candidatura. Cuando la incertidumbre eléctrica entra en los hogares, las promesas electorales empiezan a competir con una pregunta concreta: ¿quién responde por esto? El estiaje y las restricciones eléctricas aplicadas al sector industrial han vuelto a colocar esa preocupación en la conversación nacional. Aunque el Gobierno ha sostenido que busca preservar el suministro residencial, las desconexiones empresariales y los reportes de interrupciones alimentan la incertidumbre. Conviene distinguir los hechos: restringir el consumo industrial no equivale a anunciar racionamientos generales, pero tampoco permite presentar el problema como resuelto. La falta de lluvias explica una parte del escenario; no debería convertirse en la explicación completa. Un país dependiente de la generación hidroeléctrica necesita anticipar temporadas secas, asegurar respaldo y ejecutar inversiones oportunamente. El clima puede ser adverso; la planificación debe prepararse para esa adversidad. Pedir paciencia sin mostrar resultados verificables termina trasladando a ciudadanos y empresas el costo de las decisiones pendientes. Ese costo también tiene una dimensión política. Para un ciudadano que pierde ingresos, reorganiza sus horarios o teme otro periodo de apagones, la discusión deja de ser exclusivamente técnica. Se convierte en una evaluación de capacidad, previsión y confianza. La molestia puede empezar por el servicio eléctrico y extenderse hacia quienes representan al poder, incluso cuando compiten por cargos ajenos a la gestión energética. Por eso, las candidaturas vinculadas al Gobierno podrían enfrentar una dificultad adicional: cargar con una evaluación nacional mientras intentan construir una propuesta local. La cercanía con el Ejecutivo, presentada como una ventaja para conseguir obras y recursos, también puede convertirse en una asociación incómoda cuando la gestión central genera frustración. Eso no significa que cada interrupción se traduzca automáticamente en votos perdidos. El efecto dependerá de la duración de la crisis, su cercanía con las elecciones, la respuesta institucional y la credibilidad de cada candidato. La incertidumbre sostenida puede erosionar apoyos antes de que exista un calendario general de cortes. La oposición tampoco tiene asegurada una ganancia. Convertir la angustia ciudadana en celebración partidista puede resultar ofensivo para quienes enfrentan pérdidas. Cuestionar al Gobierno exige argumentos, fiscalización y propuestas dentro de las competencias de cada cargo. Nadie debería prometer desde una alcaldía resolver por sí solo un problema nacional, ni utilizar una emergencia como sustituto de un proyecto serio. La respuesta más sólida empieza por informar con claridad: qué ocurre, qué medidas se aplican, cuánto durarán y quién responde por su cumplimiento. Las rectificaciones y los mensajes contradictorios deterioran la confianza cuando más se necesita. Los apagones, si se extienden, podrían cortar algo más que electricidad: podrían desconectar candidaturas del respaldo ciudadano. Porque una campaña puede iluminar escenarios, llenar pantallas y multiplicar consignas. Pero cuando la vida cotidiana se oscurece, ningún reflector electoral alcanza para esconder la falta de resultados. La confianza necesita certezas, no anuncios tranquilizadores.

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