EL MANTENSE ES UNA ESPECIE RARA: QUIERE TODO, PERO SE OPONE A TODO

Francisco Javier Ribadeneira Cuenca

El mantense quiere un aeropuerto internacional, un puerto más grande y competitivo, mejores carreteras, más turistas, más vuelos, más hoteles, más inversión y más empleo. En eso casi todos estamos de acuerdo. El problema empieza cuando alguien intenta hacerlo. Entonces aparecen los peros: queremos desarrollar el aeropuerto, pero no de esa manera; queremos ampliar el puerto, pero no por ese lado; queremos inversión privada, pero no bajo esas condiciones; queremos nuevas obras, pero primero hay que revisar otra vez. No escribo esto para criticar a una persona, a un grupo político o a una organización determinada. Creo que el problema es mucho más amplio y, de alguna manera, nos involucra a todos. Es una autocrítica como ciudad, porque basta revisar los últimos veinte años para encontrar un comportamiento que se repite con demasiada frecuencia. Tomemos el aeropuerto Eloy Alfaro. En 2004 Manta ya hablaba de concesionarlo y buscar un operador internacional. Han pasado más de veinte años y seguimos hablando, en esencia, de lo mismo. Durante ese tiempo apareció una empresa de Corea del Sur interesada en administrar y desarrollar el aeropuerto. Hubo estudios, propuestas y una posible concesión. Entonces comenzó la discusión: que las condiciones no eran suficientes, que debía existir un concurso internacional, que había otras alternativas y que Manta podía conseguir algo mejor. Algunas de esas observaciones fueron válidas. El propio proceso terminó siendo declarado desierto porque la propuesta no cumplía las condiciones técnicas esperadas. Por eso sería injusto afirmar que unos cuantos ciudadanos hicieron fracasar el proyecto. Pero la pregunta permanece: ¿cómo puede Francisco Javier Ribadeneira Cuenca una ciudad pasar más de veinte años convencida de que necesita desarrollar internacionalmente su aeropuerto y continuar todavía buscando la manera de hacerlo? Con el puerto ocurre algo parecido. Todos queremos más barcos, más carga y que Manta aproveche su posición para convertirse en un verdadero centro logístico del Pacífico. Pero cada vez que aparece una ampliación importante comienza una nueva batalla. Hoy quienes defienden la necesidad de ampliar la capacidad portuaria y generar empleo; por otro, quienes advierten sobre posibles afectaciones a El Murciélago y al medio ambiente. Esas preocupaciones deben escucharse. Proteger nuestra playa, exigir permisos y pedir estudios ambientales no significa estar contra Manta. Fiscalizar tampoco es estar contra el desarrollo. Una ciudad que no fiscaliza sus grandes obras y contratos es una ciudad irresponsable. Pero después de revisar, corregir y exigir garantías, una ciudad también debe ser capaz de decidir. No podemos vivir permanentemente en el «revisemos un poco más», «esperemos», «así no» o «tal vez después». Y esto no ocurre solamente con el puerto y el aeropuerto. Recordemos el Mall del Pacífico. Hoy resulta difícil imaginar ese sector de Manta sin él. Se convirtió en parte importante del crecimiento comercial y turístico de la ciudad, pero durante su construcción también hubo juicios, cuestionamientos y hasta una paralización temporal. Quienes reclamaban insistían en que no estaban contra el centro comercial, sino contra las condiciones relacionadas con los terrenos y los procedimientos utilizados. Ahí aparece una frase que se repite constantemente en nuestra historia reciente: «Sí, pero…». Queremos el aeropuerto, pero. Queremos el puerto, pero. Queremos inversión «Sí, pero..». Queremos el aeropuerto, pero. Queremos el puerto, pero. Queremos inversión privada, pero. Queremos nuevas carreteras, pero. Queremos desarrollo, pero. La Refinería del Pacífico también tuvo conflictos por tierras. La vía Manta-Colisa quedó atrapada durante años entre expropiaciones, problemas contractuales, investigaciones y obras inconclusas. El puerto ha atravesado diferentes controversias sobre sus concesiones y el aeropuerto continúa esperando una solución definitiva. Mientras tanto, seguimos reclamando muchas de las mismas cosas que reclamábamos hace dos décadas. Quizás ahí está nuestra verdadera contradicción. Queremos crecer, pero muchas veces queremos hacerlo sin que nada cambie. Queremos inversión, pero desconfiamos naturalmente del inversionista. Queremos grandes proyectos, pero nos incomodan los efectos que inevitablemente produce una gran obra. Queremos convertirnos en una ciudad importante, pero a veces reaccionamos frente al crecimiento como si pudiéramos mantenernos exactamente iguales. Y eso simplemente no es posible. Una ciudad que crece cambia. Cambian sus calles, sus edificios, sus zonas comerciales, su puerto, su aeropuerto, el valor de sus terrenos, sus problemas y también sus oportunidades. Eso no significa aceptar cualquier proyecto, permitir abusos o entregar nuestro patrimonio a cambio de inversión. Significa encontrar un equilibrio: desarrollo sí, pero con reglas claras; inversión sí, pero con transparencia; puerto sí, pero con responsabilidad ambiental; aeropuerto sí, pero buscando las mejores condiciones para Manta; obras sí, pero correctamente planificadas. Y después de fiscalizar, negociar, corregir y transparentar, también debemos aprender a decir una palabra que parece costarnos: hagámoslo. Porque existe algo de lo que hablamos muy poco: el costo de no hacer. ¿Cuánto pierde ¿Manta cada año por no tener una mejor conectividad aérea internacional? ¿Cuántos turistas dejan de venir? ¿Cuántas empresas podrían instalarse aquí y no lo hacen? ¿Cuánto empleo no se genera? ¿Cuánta carga podría manejar nuestro puerto si tuviera mayor capacidad? Esas pérdidas son difíciles de ver. No aparecen en una factura ni tienen una placa conmemorativa, pero existen. Y mientras nosotros podemos pasar cinco, diez o veinte años discutiendo, otras ciudades compiten por esas mismas inversiones y oportunidades. Manta tiene puerto, aeropuerto, pesca, industria, turismo, inversión inmobiliaria, industria, turismo, inversión inmobiliaria, empresarios y una ubicación privilegiada. Tiene prácticamente todos los ingredientes necesarios para convertirse en una de las ciudades más importantes de esta parte del Pacífico. Quizás lo que nos falta es aprender a ponernos de acuerdo para avanzar. No necesitamos menos ciudadanos críticos. Necesitamos ciudadanos que cuestionen, fiscalicen y exijan, pero que también entiendan que ninguna obra será perfecta y que ninguna transformación importante dejará satisfecho al cien por ciento de la población. En algún momento hay que decidir. En algún momento hay que construir. En algún momento hay que avanzar. Por eso digo, con cariño, pero también con preocupación, que el mantense es una especie rara. Quiere un aeropuerto internacional, un gran puerto, turismo, inversión, empleo y una ciudad moderna. Quiere todo. Pero cuando aparece la oportunidad de conseguirlo, con demasiada frecuencia surge la respuesta: «Sí… pero así no». Quizás ha llegado el momento de cambiar esa frase. Seguir preguntando, seguir fiscalizando y seguir cuidando nuestra ciudad, pero cuando las respuestas sean satisfactorias, tener también la valentía de decir: «Si Hagámoslo” industria, turismo, inversión inmobiliaria, empresarios y una ubicación privilegiada. Tiene prácticamente todos los ingredientes necesarios para convertirse en una de las ciudades más importantes de esta parte del Pacífico. Porque Manta no necesita dejar de cuestionar. Se necesita aprender a cuestionar sin dejar de avanzar.

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