Casi una semana después del alud que devastó Nepal y el Tíbet, el balance no deja de empeorar.

Este lunes se confirmaron más de 900 muertos y cerca de 5.000 desaparecidos (4.247 en Nepal y 546 en China), mientras los equipos de rescate luchan contra el barro y la amenaza de nuevas crecidas. «Nuestro país se enfrenta a un desastre de magnitud inimaginable»,declaró el primer ministro nepalí, Balendra Shah. En medio de la tragedia, un halo de esperanza: la policía rescató el viernes a una niña de 6 años que solo asomaba la cabeza entre los escombros. «Hoy está fuera de peligro», confirmó un oficial.

Los rescatistas intentan contactar a un centenar de obreros atrapados en un túnel, utilizando explosivos y maquinaria pesada. La magnitud del desastre, causado por el colapso de un glaciar, se siente con fuerza en hospitales y morgues. En Bharatpur, donde las aguas arrastraron 250 cuerpos, las autoridades han comenzado a enterrar provisionalmente a las víctimas no identificadas por motivos sanitarios, tras tomar muestras de ADN.
«Fue como un tsunami, con un ruido enorme», relató Shibu Giri, un empleado de una central hidroeléctrica que logró huir a las alturas. Mientras Unicef califica la situación de «desastre en curso», el gobierno nepalí estima pérdidas por «miles de millones de dólares». El primer ministro Shah subrayó la injusticia de que Nepal, con una de las emisiones de carbono más bajas del mundo, sufra los impactos extremos del cambio climático en el Himalaya.




