
Fue un invierno interminable. Durante 14 meses, entre 1997 y 1998, las lluvias fueron casi diarias en el Litoral. El calentamiento del Pacífico desencadenó el Niño más destructivo de Ecuador. Guayas fue una de las provincias más golpeadas: en Milagro se movilizaban en balsas; en Salitre, Naranjal y Bucay, el 90 % quedó bajo el agua. Un damnificado relataba: “Intentaba cruzar las zonas anegadas para traer un verde, carne o pescado, qué sé yo, y sobrevivir”. En mayo de 1997, Guayaquil recibió en solo 8 horas la lluvia de un mes entero.
El oceanógrafo Franklin Ormaza (ESPOL) indica que entre 1997 y 1998 se acumularon 5.990 mm, equivalentes a llenar 2.400 piscinas olímpicas. Una mujer, entre lágrimas, contaba que no dormían por el miedo a que el agua se desbarrancara. El alto nivel del mar impedía el desfogue, agravando las inundaciones. En Santa Lucía, la mezcla de lluvia y aguas servidas propagó dengue, malaria e infecciones. Las madres hablaban de “fiebre, tos, gripe y granos para los bebés”.
En El Oro, Huaquillas quedó sumergida; en el puente internacional, el agua alcanzó las ventanas del segundo piso. Sin empleo, la gente clamaba por comida. En Santa Rosa, el agua arrasó muebles y electrodomésticos. Esmeraldas, Manabí y Pichincha también sufrieron. Según la CEPAL, el fenómeno dejó 286 muertos, 162 heridos y 36 desaparecidos. Defensa Civil contabilizó 15.264 viviendas afectadas, 5.000 destruidas y más de 29.000 evacuados durante ese año que Ecuador vivió bajo el agua.



