
Santiago Palacios Montesinos
Comunicador Corporativo [email protected]
La carrera hacia las elecciones seccionales ya comenzó y, como era de esperarse, los nombres empiezan a ocupar más espacio que las ideas. Cada día aparecen posibles candidatos para prefecturas, alcaldías y concejalías: empresarios, deportistas, comunicadores, dirigentes sociales y otras figuras ampliamente conocidas. Algunos tienen vocación de servicio y capacidad para ejercer un cargo público. Otros, simplemente, son personajes. La diferencia no es menor. En una elección tan corta, los partidos políticos enfrentan un problema que no siempre se dice en voz alta: ya no hay tiempo para construir liderazgos. Formar un candidato implica recorrer el territorio, conocer sus problemas, consolidar equipos, generar confianza y demostrar capacidad de gestión. Todo eso toma años. En cambio, un personaje ya llega con algo invaluable para una campaña: reconocimiento. Por eso, hoy la popularidad se ha convertido en un activo electoral más importante que la trayectoria política. No porque un rostro conocido garantice una buena administración, sino porque permite ahorrar el tiempo que demanda posicionar un liderazgo auténtico. Sin embargo, existe una razón aún más profunda. Para muchos partidos y movimientos, estas elecciones no solo representan la posibilidad de ganar una alcaldía o una prefectura. También significan su propia supervivencia. La legislación electoral exige alcanzar determinados niveles de votación para mantener la personería política. En consecuencia, algunas candidaturas no nacen con la expectativa real de triunfar, sino con el objetivo de sumar los votos suficientes para que la organización continúe existiendo y pueda volver a competir en el futuro. Mientras tanto, la ciudadanía parece tener prioridades mucho más claras. Ecuador reclama orden, autoridad, respuestas firmes frente a la inseguridad y autoridades capaces de recuperar la confianza en las instituciones. Al mismo tiempo, existe un evidente deseo de cambio frente a un sistema político que muchos consideran agotado. Pero ese cambio no llegará únicamente con nuevos rostros. Las tendencias internacionales muestran que la política se ha vuelto más emocional, más digital y más personalizada. Las redes sociales pueden convertir a cualquier candidato en tendencia durante unas horas, pero difícilmente construyen liderazgo por sí solas. Para transformar visibilidad en votos todavía se necesita organización territorial, presencia permanente en las comunidades, dirigentes locales, voceros, estructura electoral y capacidad de movilización. Ningún algoritmo reemplaza el contacto directo con los ciudadanos. Ese es, precisamente, el mayor desafío de estas elecciones: evitar que la popularidad sustituya al liderazgo. Ser conocido ayuda a ganar atención. Liderar implica mucho más: escuchar, tomar decisiones difíciles, formar equipos y responder por un territorio cuando las expectativas se convierten en problemas reales. Los personajes pueden protagonizar una campaña. Los líderes son quienes gobiernan cuando la campaña termina. Ojalá que, al momento de votar, los ciudadanos también recuerden esa diferencia.



