Carlos, nombre ficticio, dirigía un medio digital en Ecuador. Sacaba la verdad, pero llegaron amenazas y un plan para silenciarlo. «Querían asesinarme. Tenían fotos, vídeos y mapeo», relata. Cambió de casa, pero el peligro alcanzó a su círculo. Pide ocultar su identidad. «Cerré el medio cuando amenazaron a mi familia. Buscaban a mis amigos para saber dónde vivía». Sus pesquisas sobre política y crimen incomodaron a las mafias; ni borrar publicaciones detuvo el acoso.

Denunció, pero desconfiaba de las autoridades. «Salí del país. Ya no soy periodista. Mafias políticoempresariales me silenciaron», lamenta. Su caso no es único; silenciar medios es rutina en Ecuador. Según la fundación, veinte periodistas huyeron al exilio en tres años; otros dejaron la profesión. Morán dice: «Dejan la profesión por miedo. Ahora son ubers, cantantes o agricultores». Añade que la ciudadanía es la más perjudicada. Hoy, Carlos está desempleado y perseguido. Narra sin nombres ni lugares, esquivando a las mafias. Es una voz silenciada, mas no única; callar la prensa es otra forma de imponer su ley.



