Vecinos denuncian que llevan tres años sin servicio continuo, compran agua a tanqueros y aún reciben facturas de hasta 30 dólares.

La entidad municipal, según los afectados, pone excusas como la falta de lluvia o pozas dañadas. Manta, una ciudad acostumbrada al vaivén del Pacífico, hoy enfrenta una sequía que no es nueva, pero que se ha vuelto insostenible. En el barrio Paquisha, sector popular del sur de la urbe, los residentes viven con un fantasma cotidiano: el agua no llega, y cuando lo hace, es amarilla y huele mal. Un recorrido del equipo de El Mercurio por las calles de Paquisha reveló la desesperación de familias enteras. “No tenemos agua ya casi siempre. Nunca tenemos agua. Pésimo el servicio”, resume una vecina mientras señala el grifo seco de su casa. La compra de agua a tanqueros se ha vuelto un gasto fijo. “Estamos comprando”, admiten los residentes, que también deben pagar facturas mensuales —aunque el servicio no llegue—.
Una mujer explica con indignación: “Este mes me llegó una factura de 30 dólares, y no me parece justo si no estoy consumiendo agua. Además, antes iban a medir, ahora no han ido. Yo ni siquiera recibí el recibo este mes, pero creo que me dejaron como ocho dólares”. El problema, según los testimonios, lleva tres años enquistado. “Siempre hay esa constante corte de agua. La excusa de que, si no llueve, se daña una poza, se daña la otra, la de Caza Lagarto… tantas excusas”, relata una de las afectadas, quien no posee cisterna. “Para mí es complicado levantarme a las dos o tres de la mañana para coger solo medio tanquecito. A veces ni eso alcanzo”. La falta de almacenamiento propio fuerza a los habitantes a depender de los pocos minutos de suministro. “Las pocas veces que nos dan, es media hora, 40 minutos no más”, agrega la vecina, que también critica otros servicios básicos: “Recolección de basura, todo, todo está pésimo”. Pero lo peor no es solo la escasez. Cuando el agua finalmente llega por las tuberías, su calidad es alarmante. “Últimamente el agua llega amarilla, tiene mal olor, pésimo. Me afecta a mí, a mi familia”, denuncia otra habitante del sector Paquisha.

Los testimonios coinciden en un reclamo de fondo: no es posible pagar tarifas plenas por un servicio que no reciben, y mucho menos cuando el líquido que esporádicamente aparece representa un riesgo para la salud. Hasta el cierre de esta nota, la Empresa Pública de Agua Potable y Alcantarillado de Manta no se había pronunciado sobre la situación específica del barrio Paquisha. Sin embargo, los vecinos exigen soluciones concretas: mantenimiento de pozas, medición real del consumo y, sobre todo, agua digna todos los días. “Agua no tenemos. Y tras de eso, comprar semanalmente por tanquero y pagar 30 dólares de recibo… es un abuso”, sentencia una mujer, mientras el eco de los baldes vacíos retumba en cada casa del sector.

Manta ha sufrido en los últimos años períodos de estiaje prolongado, pero los residentes de Paquisha aseguran que la crisis actual no es solo climática, sino también administrativa. La falta de inversión en infraestructura y la ausencia de una hoja de ruta clara mantienen a cientos de familias en una suerte de “sed administrada”.




