EDUCACIÓN PÚBLICA Y ABANDONO
Si casi el 10 por ciento del presupuesto nacional se destina a educación, resulta inadmisible que cada inicio de clases venga acompañado de ‘colaboraciones voluntarias’ que, en la práctica, son imposiciones disfrazadas. Un pupitre roto, un techo con filtraciones o baterías sanitarias destruidas son señales claras de abandono estatal. Escuelas deterioradas reflejan abandono estatal Lo más grave es que esta carga cae sobre familias que sobreviven con enormes sacrificios. Padres que apenas logran cubrir alimentación, transporte o arriendo terminan financiando responsabilidades que corresponden exclusivamente al Estado. Quitarle parte del ingreso a un hogar humilde para suplir la negligencia gubernamental es profundamente cruel. El impacto económico del regreso a clases en hogares humildes Muchos estudiantes llegan a clases mal alimentados, con carencias básicas y en contextos de precariedad extrema. Aun así, se les exige a sus familias cubrir reparaciones y adecuaciones escolares como si fueran obligaciones normales. No lo son. La educación pública no puede ser una cadena interminable de gastos encubiertos. Cuando los padres terminan sosteniendo lo que el Estado abandona, queda claro que el problema es la falta de gestión, control y prioridades. Y eso, en un país que repite hasta el cansancio que “la educación es primero”, resulta imperdonable.



