
En un barrio residencial de Estocolmo, una cafetería parece común: tostadas de aguacate y lattes espumosos. Pero su gestión está en manos de la IA. En el Andon Café, “Mona” —un agente basado en Google Gemini— contrata al personal, pide suministros y diseña el menú. Su empleado humano, Kajetan Grzelczak, señala el “muro de la vergüenza”: aceite de oliva, 15 kilos de tomates, 9 litros de leche de coco y 6.000 servilletas.
“Con esto no podemos hacer nada”, dice. El proyecto es de la startup Andon Labs. “Queremos ver qué dilemas éticos surgen cuando una IA emplea a humanos”, explica Hanna Petersson. Mona publicó ofertas en LinkedIn, hizo entrevistas telefónicas y contrató a Kajetan, quien pensó que era broma del 1 de abril. Su salario es bueno, pero la IA le escribe a cualquier hora y no respeta vacaciones. Con 50 a 80 clientes al día, la cafetería atrae curiosos. Urja Risal, investigadora en IA, reflexiona: “¿Cómo reaccionaría una jefa virtual ante un accidente laboral?”. El experimento ya plantea preguntas incómodas sobre el futuro del trabajo.


