
Abg. Ramiro Rivera Molina titulo
Político ecuatoriano que ocupó la vicepresidencia del Congreso Nacional entre 2003 y 2005 Profesor universitario en Universidad de las América Presidente del Grupo @elcomerciocom
En conmemoración del Día Internacional de la Mujer, dudé escribir entre el sufragio femenino, el pensamiento de Hannah Arendt o la referencia a otra filósofa. finalmente decidí referirme a la existencia de una mujer de fecundo pensamiento y corta vida (falleció a los 34 años de edad), de autenticidad y verdadera huella en la historia. Me refiero a Simone Weil. Francesa, de familia acomodada. Su padre y su hermano mayor con mentes resplandecientes de inteligencia. Weil fue filósofa mística, docente, activista y pacifista. Obrera y trabajadora del campo. Quiso ser enfermera para ayudar a los soldados. Un ser de una tierna y auténtica existencia. Vivió las dos guerras mundiales, la revolución bolchevique, el auge del fascismo, la crueldad del estalinismo y el ascenso del nazismo. Comprometida con la verdad, la paz, la justicia; con un misticismo entendido como el estrecho nexo entre el dolor de lo humano con la cercanía a la espiritualidad. En ella no había espacio para la comodidad o la indiferencia. Quienes evocan su pensamiento y acción, afirman que no era clasificable ni etiquetable. Ella decía: «No dejes encasillarte por ningún afecto. Preserva tu soledad». Admirada por sus contemporáneos. Albert Camus, dijo de Weil: «El único gran espíritu de nuestro tiempo». Poseía una asombrosa inteligencia. Su corta existencia es el duro testimonio de su propia crucifixión. No teorizó sobre el sufrimiento humano. Optó por sufrir. No diagnóstico la desdicha o el dolor, experimento el padecimiento y el infortunio asumiendo el desconsuelo de los demás. No quería contemplar sino sentir. Su testimonio fue adjudicarse la dolencia de los débiles y postergados que residían en su alma. Vivió sin figurar ni fingir. No buscó reconocimiento o recompensa. Su vida fue la preciosa desnudez de su entrega a causas humanas. No hablaba de la condición de los obreros. Ingresó a una fábrica y fue obrera. Vivió y luego escribió. Sintió su propio sufrimiento entre las dudas de su adolescencia. Recibe las mejores calificaciones en su proceso educativo. Colabora con los pobres del campo trabajando diez horas cada día, recogiendo patatas. Al tiempo de trabajar, escribe historias. Su solidaridad y espiritualidad tiene profundad. Como docente incomodó. Prefirió trabajar duro como obrera en la fábrica de Renault y Alsthom. Sintió la fatiga, la carencia y el padecimiento. Y, se queda ahí, donde hay dolor, ausencia y vacío. Sin traicionar su conciencia.La vida de Weil conmueve. En su corto trayecto de existencia, escribe entre otras obras: La gravedad y la gracia, Echar raíces, Ensayo sobre la condición obrera, La Ilíada o el poema de la fuerza. Su legado epistolar es extenso. Condenó con la misma fuerza al fascismo, al nazismo como al estalinismo. A todo lo que humillara y redujera la condición humana destruyendo su dignidad. Se enroló en las filas republicanas de la Guerra Civil Española y en la Resistencia francesa ante la ocupación nazi. Rechazó la barbarie y la destructividad. Sintió una conversión espiritual acercándose a Dios: «la religión consuela a los afligidos y a los miserables», dijo. En 1943 le diagnosticaron tuberculosis. Falleció un 24 de agosto, de un paro cardiaco, mientras dormía. No hay certezas de su deterioro, pero influyó su decisión de no comer sino la misma ración de las víctimas por la ocupación alemana en Francia. Optó por el hambre y dormir en el suelo. Habitó la morada del dolor, la desgracia y el sufrimiento. Para ella, el odio era transferir a los demás la degradación que se tiene dentro del alma. Mientras que «Amar es adorar la distancia con lo que se ama». Para Simone de Beauvoir, Weil: «tenía un corazón capaz de latir por todo el mundo».


