
“Una pesadilla”. Así recuerdan los palmicultores ecuatorianos el 2019, cuando la Pudrición del Cogollo (PC) arrasó con sus cultivos. Carlos Chávez, presidente de Ancupa, lo describe: “Fue como un tornado. Un día nos dormimos con los cultivos bien y al siguiente ya no había nada”. La enfermedad, que comenzó en Esmeraldas, se expandió a Santo Domingo de los Tsáchilas, Imbabura y Pichincha. De las 255.000 hectáreas de palma aceitera en esas provincias (censo 2017), unas 120.000 murieron: el 47% de la superficie. Una de cada dos hectáreas desapareció y 260.000 toneladas de aceite dejaron de producirse. Seis años después, las pequeñas palmas sembradas comienzan a dar fruto. Las exportaciones pasaron de 138.559 toneladas en 2024 a 139.506 en 2025, según el Banco Central.
Aunque la recuperación es gradual, aún no alcanza el 50% de las 312.803 toneladas producidas en 2016 El mapa del cultivo cambió. Quienes pudieron renovar sus plantaciones lo hicieron con híbridos más resistentes como el Amazon; otros migraron a plátano, cacao o maíz. En Esmeraldas la resiembra fue más fuerte que en Santo Domingo, donde muchos esperan resultados antes de invertir. La falta de apoyo estatal marcó el proceso. “La resiembra se hizo sin créditos ni asistencia técnica, solo con músculo financiero propio”, afirma Chávez. Algunos productores intercalaron cultivos de ciclo corto para sostenerse mientras la palma crecía nuevas amenazas. Colombia, principal comprador del aceite ecuatoriano (50% del excedente), negocia aranceles que podrían llegar al 30%. El Ministerio de Producción no ha respondido a los gremios. “Si no hay ayuda, que haya coordinación”, reclama Chávez. Las extractoras también Hoy, el sector enfrenta sintieron el golpe: de 40 en 2017, hoy quedan 14. Las pequeñas cerraron y las que resisten operan a un tercio de su capacidad. Eran el vínculo entre el campo y la banca, y su caída dejó a los agricultores solos.



