YA NO ES DECADENCIA, ES DERRUMBE
Uno de los síntomas más visibles de la degradación moral y ética de los actores políticos del país, estén éstos en el gobierno o en la oposición, es que a ninguno parece importarle genuinamente su reputación y su honra. Salvo cuando se trata de juicios y demandas cuyo fin es conseguir el blindaje de los escándalos muy grandes, estos actores guardan silencio ante las más graves acusaciones y denuncias. Hasta hace tan solo quince o veinte años, cuando un legislador o un funcionario era sujeto del escrutinio público por deficiencia en el ejercicio del cargo, inmediatamente salía a defenderse ante la opinión pública. Fue célebre por ello el alcalde socialcristiano de Guayaquil de la última década del siglo pasado, quien convocaba a los medios de comunicación para defender su gestión municipal cada vez que surgían críticas por alguna obra pública o cuando los ciudadanos expresaban su descontento ante el desempeño de los funcionarios del cabildo que él lideraba. Hoy, sobre varias personas que encabezan o integran algunas de las principales instituciones del Estado pesan graves acusaciones de corrupción. Pero ellas simplemente guardan silencio cuando se les pide que rindan cuentas, o bien ignoran la presión de la sociedad civil para que dimitan, aferrándose al cargo, aunque no puedan probar a cabalidad su inocencia, y sin que aparentemente ello los incomode.



