
Abg. Ramiro Rivera Molina titulo
Político ecuatoriano que ocupó la vicepresidencia del Congreso Nacional entre 2003 y 2005 Profesor universitario en Universidad de las América Presidente del Grupo @elcomerciocom
El Tratado de Versalles (TDV), se firma el 28 de junio de 1919. Este hecho se considera el final de la Primera Guerra Mundial, en la que Alemania, no sólo que pierde, también abdica y es conminada a firmar la paz. Versalles, sitio donde el Tercer Estado o Estado Llano de Sieyès, se impone con la Revolución francesa, derrotando a la monarquía absoluta y provocando el final del Antiguo Régimen. El TDV, deja en el pueblo alemán la sensación de engaño, humillación y vergüenza. Guillermo II, el último Kaiser, emperador de Alemania, y rey de Prusia, dirá: «La guerra ha terminado, de hecho, muy diferente de lo que esperábamos. Nuestros políticos nos han fallado miserablemente». Los alemanes estaban convencidos que la guerra era defensiva, justa y necesaria; para luego, admitir la responsabilidad y los costos de reparación por los daños causados. Creían haber sido engañados. Era la desgracia total. El 11 de agosto de 1919 el presidente Friedrich Ebert sanciona la constitución elaborada y aprobada por la Asamblea Nacional de la República de Weimar, que ratifica el TDV. Por un lado, se asistía al ensayo de un constitucionalismo democrático; y por otro lado, inadvertido, al inicio de una espantosa crisis. Derrotada Alemania, perdía territorios y todas sus colonias (Togo, Camerún, Sudeste Africano, Acasia, Lorena), otros territorios pasaran a Checoeslovaquia, Bélgica, etc. Además, de la pérdida de territorios, en el artículo 231 del TDV reconoce: «Que Alemania y sus aliados son responsables, por haberlos causados todos los daños y pérdidas infringidas a los gobiernos aliados y asociados y sus súbditos a consecuencia de la guerra que les fue impuesta por la agresión de Alemania y sus aliados». Queda una sociedad frustrada e imputada, avergonzada y humillada. Ahí estará presente y latente, de un lado, la esperanza en la República naciente de Weimar; y, en otro lado, la turbación y la desgracia, acrecentada por la crisis económica, social y política, que será el detonante para el ascenso del nazismo. Es la etapa del fatídico tránsito de la democracia frustrada a la seducción mesiánica del totalitarismo. La cláusula de responsabilidad que reconoce Alemania, le obliga a resarcir o reparar los daños y pérdidas causados, pero también, a abolir el servicio militar obligatorio y reducir su ejército de diez millones de soldados a cien mil. Implicaba acortar su tropa al 1% de lo que tenía. En ese contexto, adviene la atroz crisis inflacionaria que vivirá Weimar, los remezones, como el intento fallido de golpe de Estado en Múnich (Putsch de la Cervecería), en septiembre 1923, cuando Hitler incursiona en el primer intento de implantar el nazismo. Es arrestado, juzgado y sentenciado. Acontecimiento parecido, sucede 69 años después en Venezuela, cuando Hugo Chávez es arrestado y encarcelado en 1992, por el frustrado golpe de Estado, al gobierno de Carlos Andrés Pérez. Un complaciente Rafael Calderá, le confiere el indulto al coronel golpista, en marzo de 1994; mientras en Alemania, en marzo de 1924, jueces indulgentes de la República de Weimar, le liberan a Hitler, a los ocho meses del arrestado de una sentencia a cinco años a prisión. Son historias fatídicas, pero parecidas. La equivalencia no es arbitraria. Recordemos cuando Hegel decía que la historia se repite, una vez como tragedia y otra vez como farsa o comedia. Uno y otro. Chavez y Hitler, provocarán destrucción y dolor. Weimar quedó en ruinas, al igual que la descuartizada Venezuela.



