
Abg. Ramiro Rivera Molina titulo
Político ecuatoriano que ocupó la vicepresidencia del Congreso Nacional entre 2003 y 2005 Profesor universitario en Universidad de las América Presidente del Grupo @elcomerciocom
Si lo esencial de la democracia o su columna vertebral es la distribución del poder, el control y los límites del mismo, resulta oportuno la referencia a John Locke y su aporte a la doctrina moderna de la división de poderes, en el contexto histórico de su contribución. Quienes han estudiado su impulso intelectual, sostienen que recibió la influencia de Cicerón, Aristóteles, Tomas de Aquino, Marsilio de Padua, Thomas Hobbes, René Descartes y Francis Bacón. Sus obras dan cuenta de su profunda contribución al conocimiento humano y a la Ilustración. Ensayo sobre el entendimiento humano, cuya primera edición en inglés apareció en 1690 y en 1956 en español. Dos tratados sobre el gobierno civil (1690), Cartas sobre la tolerancia (1689) y varias más, fueron su legado a la posteridad. Locke (1632-1704) a pesar de los deseos de su padre y su simpatía por la filosofía, optó por estudiar medicina en Oxford, dedicándose también a la química, la física y otras ciencias. Fue médico personal y secretario de Antony Ashley Cooper, quien sería conde de Shaftesbury, uno de los fundadores del partido Whig (liberal), que aglutinó a los seguidores del parlamento y auspiciantes de la monarquía equilibrada; defensor de la tolerancia religiosa, y las libertades. Creía con firmeza que el poder monárquico debe estar bajo el control del parlamento. Shaftesbury fue acusado de traición y encarcelado en la Torre de Londres. Locke se vio forzado a autoexiliarse en Francia por 4 años. Filósofo y político, se involucró de manera activa en el debate inglés y la discusión entre la monarquía absoluta y la equilibrada o mixta, sujeta al control del parlamento. Pensador moderado y valorado como uno de los padres del liberalismo. Abogó por la preservación de la propiedad, puesto que, en ese momento de la historia, la propiedad se enarboló en una conquista y un derecho avanzado, arrancado a la vieja monarquía medieval que se justificaba en el derecho divino de los reyes. Locke consideraba que los hombres deberían unirse en sociedad para someterse, a través de su consentimiento, al poder político y a la ley. Sostuvo que: «si la ley no existe, tampoco hay libertad» y «donde termina la ley empieza la tiranía». Sus convicciones se domicilian en el imperio de las reglas y no en la discrecionalidad del absolutismo monárquico. Apuesta por la educación que está conectada con la virtud. La educación hace de las personas virtuosas. La propiedad que viene del trabajo, por eso, «el apropiador industrioso no es codicioso.» Lo es, quien desea obtener posesiones ajenas sin trabajar. Para este agudo filósofo, la vida, la libertad y las posesiones vienen del derecho natural y se complementan. Voltaire, al referirse a John Locke dice: «Nunca hubo, quizá, un espíritu más sabio que Monsieur Locke». Su enorme dimensión humana e intelectual es destacada por Isaiah Berlín: «Era un hombre de carácter apacible, tímido y amable. Muy querido y estimado, sin enemigos, y dotado de una asombrosa capacidad para interpretar en un lenguaje sencillo algunas de las ideas originales y revolucionarias en las que su época fue singularmente rica». Locke dirá (1690): «Las leyes se hicieron para los hombres y no los hombres para las leyes». Desde el humanismo cristiano, 261 años después (1951), Jacques Maritaín, en el mismo sentido hablará: «El Estado es para el hombre, no el hombre para el Estado». Y pensar que en pleno siglo XXI, hay quienes todavía no comprenden el sentido de estas expresiones. Y tampoco, sobre la necesidad del poder distribuido, limitado y controlado.



